El Comité - pág.8 - Folklore Argentino

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Queda entendido que yo me daba una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había concluido por arraigarse en mi espíritu.

"El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos´ dos o tres y nos instalamos en la calle Moreno.

Fue allí donde presencié por primera vez en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal herido el primer espada.

Los dos combatientes eran hombres del pueblo y estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal era el movimiento vertiginoso que le imprimía.

Mi primera intención fue huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para presenciar más cómodamente la lucha.

Duró poco tiempo, porque la habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo. El he-ridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un mes el gritó del caído vibró en mi oído.

"Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de la confitería del «Gallo».

Pero el rumor de lo que pasaba dentro nos hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura. ¡Imposible! "Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así, y a favor del tumulto que entre los claustros se notaba ganamos el techo y como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.

"Al primero que vi fue a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran, etc. «Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan».

El Comité

Bernardo de Irigoyen.


La verdad era que había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables que lanzaba ese pretexto, harto plausible, para quedarme allí. «Un estudiante a quien no dejan salir, ¡pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?»

Yo habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí. Me escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de observación, de donde di cuenta a Horacio de mi comisión.

En ese momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual, después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad de ánimo admirable. Era el doctor don Manuel Aráuz, a quien debíamos todos tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de «viejo Laguna».

Puede afirmarse, sin embargo, que las diferencias doctrinarias entre crudos y cocidos -herederos de los chupandinas y pandilleros de 1857- eran básicamente formales y que se justifica la razonable presunción de que durante esta etapa los partidos eolíticos no expresan, de manera sustancial, intereses de clase fundamentalmente divergentes.

"El problema principal que los separa -como trata de explicar Sommi- es el control del poder y los beneficios de todo orden que él acuerda a quienes lo tienen en sus manos".

Estagnado el país en su desarrollo y movilidad por el predominio exclusivo de terratenientes, comerciantes y capitales extranjeros, las banderas aparentemente divergentes no son más que matices de oposición interna en el seno de un grupo de referencia perfectamente definido.

La conducta de ambos partidos, con una doctrina formalmente republicana y federal, diverge a Jo sumo en los mecanismos y en las figuras que deberán conducir eventualmente a la reclamada unidad nacional.

5.Votar En "Alta Voz"

A partir de 1863 se dispone la apertura del Registro Cívico y se reduce la edad de los votantes, quienes pueden hacer uso de este derecho a partir de los 18 años, con el clásico procedimiento del voto a la vista, que debe verificarse verbalmente -en "alta voz", como lo prescribe el artículo 26 de la ley 75- y ocasionalmente por escrito, en papeles de color blanco.

Este esquema electoral se aplica en las votaciones dé 1868, en las que debe elegirse al sucesor de Mitre. Los previsibles candidatos del momento son Rufino de Elizalde, que cuenta con la aprobación del nacionalismo, Domingo F. Sarmiento, a quien sostiene en forma no muy velada el Ejército, y Justo José de Urquizá, apoyado por el viejo elemento federal, o mazorquero, como se lo sigue llamando despectivamente.

En momento tan crítico la acción de los clubes se duplica y adquiere una enorme virulencia, fomentada en cierto modo por la abierta intervención de Mitre en los trámites previos al proceso electoral, tal como lo prueba la carta que desde Tuyúcué le dirige al doctor José María Gutiérrez el 28 de noviembre de 1867.

Se producen por entonces algunas divergencias internas en el seno del autonomismo: por un lado, los alsinistas partidarios de la conciliación con el nacionalismo; por otro, los miembros del Club 25 de Mayo,, partidarios de la libertad electoral y de la abolición del servicio de fronteras, entre los que se cuenta Aristóbulo del Vallé.


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