El Comité - pág.6 - Folklore Argentino

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"-No, señor don Higinio; pero yo también lo encuentro admirable como usted.

"-¿Qué sería de nosotros, señores, el primer partido de la República, el partido que derrocó a Rosas, que abatió a Urquiza, el partido de Cepeda, esa Platea argentina, en que el Jerjes entrerriano fue vencido por los Alcibíades y los Temístocles porteños, si entregáramos a las muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la fortuna, la gente decente, en una palabra.

Fuera de nosotros, es la canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en seguida lanzarla. Todo el partido la acatará; nuestra divisa es Obediencia; cúmplase nuestra divisa.

"-Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la consideración de ustedes -dijo uno de los presentes, joven de hermoso aspecto, de simpática figura, que hasta entonces había guardado silencio.

"-A ver, lea usted -dijo Trevexo.

"El joven leyó su lista en medio del silencio dignísimo de la concurrencia; dos o tres la aprobaron después de leída, pero los demás, suspensos de la fisonomía del doctor Trevexo, que demostraba visible descontento, no articularon una sola palabra de aprobación.

"-¿Qué le parece a usted esa lista, señor don Ramón? -dijo don Narciso acercándose al oído de mi tío.

"-Muy buena, muy buena -contestó mi tío.

"-¡Pues, a mí me parece muy mala!

"-Y a mí también -agregó don Juan, haciendo el gesto de asco que le era peculiar.

"-Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: ¡Miren ustedes, qué atrevimiento! Sólo a la juventud del día puede ocurrírsele tener pretensiones de figurar en las liétas´de diputados -murmuraba sotto vocé don Pancho el tendero, asociándose al grupo de los descontentos.

"-Señores -dijo en voz alta y varonil el joven que había propuesto la lista-, es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cámara, y las fuerzas nuevas están en la juventud que ha salido ayer de los claustros universitarios.

Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el sufragio universal; somos un partido oligárquico con tendencias aristocráticas, exclusivas aún dentro de su propio seno, a quien se acusa, y con razón, señores, de gobernar o de querer gobernar siempre con los mismos hombres, y que repudia toda renovación, toda tentativa para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se tome en consideración la lista que he presentado.

"El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates agrios, contaba con un rebaño, muy dócil para perder tiempo en polémicas apasionadas: había aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una seña suya don Juan, con su voz gangosa, dijo:

"-Quej sje vooote la lijta.

"-Señor, no se puede votar todavía, ni hay para qué votar la lista. Se votarán los nombres de los propuestos, uno por uno.

"El doctor Trevexo renovó la seña.

"-Quej sje vooote la lijta -repitió don Juan.

"-Señores, si se procede de ese modo, nos retiraremos -replicó el joven con acento resuelto.

"-Retíjrese -contestó a su turno don Juan.

"El joven y el grupo que lo acompañaba, se retiraron. Los hombres de juicio y de experiencia quedaron dueños del campo. Mi tía supo con indignación que mi tío Ramón había sido el culpable de que aquella juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz óctaviana de la reunión. ¡Mi tío Ramón los había invitado! Don Pancho el tendero echaba sapos y culebras contra aque: líos osados, y suplicaba al doctor Trevexo que los denunciara al jefe del partido al día siguiente.

Don Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba contra la juventud del día y la Universidad, madre engendradora de doctores inútiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamín era felicitado por la manera severa y eficaz con que había enseñado la puerta de la calle a los revoltosos.

"Los señores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don Pancho Fernández rodearon al doctor Trevexo, y la sesión continuó como si nada hubiese sucedido.

"-¡Pero qué atrevimiento, qué osadía! ¡En mi casa, en mi casa, venir a promover semejante escándalo! ¡Y pensar, doctor, que es mi marido quien tiene la culpa de todo! -exclamaba mi tía mirando furibundamente a mi pobre tío, que durante toda la escena anterior se había conducido tan obtusamente que no supo qué partido tomar con los que se marchaban y con los que se quedaban.

"-¡He aquí, señores, he aquí, mis amigos, lo que le decía a ustedes hace un instante sobre la juventud del día! -respondía el doctor Trevexo-. ¡Qué falta de resignación política, qué carencia de sumisión y de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia!
¡Un partido! Un partido es una colectividad cuya primera condición de vida es la obediencia. Y no hay nada más hermoso, nada más eficaz, nada más eficiente, que ver esa gran máquina humana movida ´por una sola voluntad que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ¡deas políticas. Ayer nomás lo hemos visto; treinta mil, cuarenta mil almas, cuarenta mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida, aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres, madres, hijos e hijas, jóvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones electorales por una sola voz, riendo a una seña, llorando a otra de entusiasmo, marchando en procesión y vivando simultáneamente al adorable nombre de su divino jefe.


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