El Comité - Folklore Argentino

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El Comité

1.Intodrucción



En la historia política argentina el comité ha desempeñado un papel ciertamente discutido y discutible, que la imaginación popular representó plásticamente con la imagen sobornadora y resabida de la clásica empanada criolla.

El comité, en efecto, cuyo antecedente más inmediato es el club político de mediados del siglo XIX, se convirtió desde sus orígenes en la antesala dolosa del atrio electoral, auténtico burladero que encumbró por la puerta trasera las aspiraciones de poder de incontables figuras políticas.

La elección de los extremos 1856-1916, que hemos adoptado para encuadrar esta suscinta visión del comité, no es en modo alguno aleatoria.

1856 significa el comienzo de todo un estilo político, caracterizado por la violencia fraudulenta y el desconocimiento sistemático de la República "escrita" en el texto constitucional.

1916 expresa, a su vez, una ruptura transitoria y una apertura hacia la "representación" democrática de las grandes masas nacionales. Lo que veremos en la etapa intermedia es el hacerse y deshacerse de una versión continuista apenas disfrazada.

Los protagonistas de esta historia -que hemos enmarcado con el suceder fáctico y cronológico (sintéticamente expresado) de los acontecimientos, agrupaciones y partidos que se van sucediendo hasta las vísperas de 1916- serán de manera fundamental el atrio y el comité, y a través, de ellos el caudillo, el guapo electoral, el "zanagoria" y el doctor rumboso, como expresiones características de 60 años de vida política argentina que ya no podemos enmendar.

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El caudillo, dibujo de Villalobos. Caras y Caretas, 1901.


Estamos a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX.

La caída de Rosas, como consecuencia de la nueva relación de fuerzas establecida entre el litoral y la provincia de Buenos Aires, provoca la retracción de esta última y su separación de la Confederación Argentina, que se organiza sobre los lincamientos de la Constitución de 1853 y bajo la conducción de Urquiza.

La segregación del Estado de Buenos Aires luego de la revolución del 11 de setiembre de 1852, encubre, en realidad, el fracaso de sus tentativas de asumir -tal como lo había propiciado el constitucionalismo centralista de 1819 y 1826- la conducción del proceso político-institucional posterior a Caseros, y tiene directa relación, a su vez, con el monopolio de las rentas de aduana, uno de los factores decisivos de su poder e influencia.

La pugna de Buenos Aires con el federalismo histórico, a través de sus expresiones políticas, encierra básicamente el propósito manifiesto de conservar sus privilegios sobre el puerto único, y aunque el abrazo conciliador del rosista Lorenzo Torres y el unitario Valentin Alsina pareció zanjar definitivamente las diferencias entre ambos bandos, la estructuración de los partidos y movimientos que suceden a Caseros pone de manifiesto la supervivencia formal del conflicto, que sólo se atenuará con el pacto tácito entre los intereses de la oligarquía bonaerense y las situaciones del interior.

2."Pandilleros" Y "Chupandinos"

A comienzos de 1856 se constituyen en el Estado de Buenos Aires, segregado transitoriamente de la Confederación Argentina, dos grandes nucleamientos políticos: el Partido Liberal -cargado de resabios unitarios, oficialista y de indudable raigambre porteña- y el Partido Reformista, que propugna la reincorporación de Buenos Aires y reivindica, según muchos, las viejas banderas federales.

Los integrantes del Partido Reformista reciben el despectivo mote de chupandinas -debido a "la supuesta intemperancia de la mayoría de sus miembros", según aventura prejuiciosamente Mariano Pelliza-, y designan con el de pandilleros a los miembros del Partido Liberal, porque son "un círculo pequeño, faccioso e intolerante", según opina Nicolás Calvo.

Entre las figuras liberales se destacan Bartolomé Mitre, Pastor Obligado, Valentín Alsina y Sarmiento, y en las filas reformistas: Nicolás Calvo, director de La Reforma Pacífica; Ovidio Lagos, Francisco Bilbao, Angel Plaza Montero y un joven que foguea su talento de escritor en la vehemente prédica periodística de esos días: José Hernández.

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Bartolomé Mitre. Archivo General de la Nación.

Como expresión de la profunda inestabilidad de la época y del carácter circunstancial y aleatorio de los acuerdos políticos, los liberales concurren a las elecciones provinciales del 30 de marzo de 1856 divididos en dos listas: la blanca (conservadora) y la amarilla (progresista), la primera de las cuales se impone en unas elecciones tumultuosas, que prefiguran el grave escándalo cívico de las que tendrán lugar al año siguiente, e inauguran, acabadamente, la dilatada serie de fraudes, irregularidades y escándalos comiciales que caracterizarán la vida política argentina de la segunda mitad del siglo XIX.

Domina el panorama del momento el omnipotente Club Libertad, en el que prevalece, a su vez, la influencia de Mitre y de Pastor Obligado. El Club es fundamentalmente anti-urquicista, y en todas sus decisiones políticas se actualiza o ratifica el espíritu separatista de la revolución del 11 de setiembre de 1852. Tibiamente se le opone el Club de la Paz, en el que se concentran los elementos de extracción federal.

En un segundo plano, los Clubes Democracia y Central, como piezas complementarias del juego de fluctuaciones políticas que bajo determinadas circunstancias, como ha demostrado James R. Scobie en La lucha por la consolidación de la nacionalidad, los lleva a coincidir o a enfrentarse en la lucha por el poder.

A fines de marzo de 1857, en efecto, los liberales temen el advenimiento de un candidato favorable a la causa de la Confederación Argentina, y en previsión de ello organizan unas elecciones que "se recordarán en la historia política de Buenos Aires por la venalidad, el fraude, la violencia y los desórdenes que las caracterizan", según la sintética y expresiva definición de Carlos R.Melo (Los partidos políticos argentinos).


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