El Caracter Porteño - pág.27 - Folklore Argentino

--20210910 3336 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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22.Aproximación al porteño de hoy.

En el curso de los análisis de este esquema, nos hemos detenido -como advertimos al final del capítulo III- alrededor del año 1940.

El caracter porteño

Plaza San Martín, Retiro, 1920.

El acaecer histórico posterior modificó, en mayor o menor grado, las formas de vida del porteño común. A vuela pluma, ofrecemos algunos ejemplos.

Desde fines del siglo XIX era una convicción general que nuestro país podía dar cabida a 100 millones de habitantes, si se tenían en cuenta las estadísticas basadas en los censos precedentes.

Allá por el año 1927 se presumía que la Argentina tendría 30 millones hacia 1960 y 60 al llegar a 1980; y se descontaba que ese incremento estaría distribuido en todo el ámbito de la República.


Los conflictos mundiales y las medidas desacertadas de los gobiernos obraron en contra de aquellos vaticinios. Por una parte, el aumento demográfico se había detenido al estallar la Primera Guerra Mundial; y en 1930 fue prohibida la inmigración en forma casi absoluta.

Por otra parte, en esos años se inicia el éxodo de la juventud campesina hacia los centros poblados, hecho que habría de culminar, dos décadas después, cuando los pobladores de las provincias se volcaron a la hipertrofiada Buenos Aires.

El crecimiento vegetativo comienza a disminuir en 1930, año durante el que había llegado al punto más alto. La natalidad en la Capital Federal desciende del 35,9 al 19,3 por mil.

"La Argentina" -expresaba Carlos Alberto Erro en 1945- "progresa pero no crece. A pesar de su juventud, hallándose en edad del crecimiento, presenta en los últimos quince años, desde el punto de vista demográfico, signos de decrepitud prematura..." (126)

Años antes, Alejandro Bunge había publicado, un excelente trabajo demostrativo de que la pirámide de la población -forma gráfica con la que se representaba la natalidad en una serie de períodos y edades- había tenido en nuestro país una base ancha, propia de pueblo joven y robusto, en tanto que desde el año 1940 empezaba a tomar un ligero aspecto de urna, es decir, ancha en el medio y estrecha en la base. "¿No es sorprendente" -se preguntaba- "que deba representarse pronto a nuestro pueblo con una urna funeraria después de haber mantenido durante cinco generaciones la forma de una vigorosa pirámide con bella y ancha base?" (127)

El caracter porteño

El afilador callejero.

El sombrío vaticinio no tardó en cumplirse.

Las últimas oleadas de inmigrantes discrepan por completo de las anteriores. Están formadas por obreros o técnicos y profesionales (el italiano analfabeto de antaño es ahora el "ingeniero-mecánico" especializado en alguna de las ramas de la industria) o son elementos de las clases inferiores de Chile, Bolivia o el Paraguay.

El llamado "rendimiento nacional" del inmigrante laborioso de principios de siglo superaba al de hoy por muchas razones. Los viejos porteños recuerdan la conducta del piamontés que allá por el Novecientos, integraba las cuadrillas de los picapedreros de las calles de Buenos Aires.

Cada uno pulía y colocaba hasta tres metros cuadrados de adoquinado por día. Se abstenía de comer carne y de beber vino al mediodía (el almuerzo consistía en pan aceitado y cebolla cruda) y compartía su pieza de conventillo con cinco o seis paisanos recién venidos.

Con los centavos que ahorraba de su jornal compraba por mensualidades un terrenito suburbano con mil ladrillos de regalo; y allá llevaba a los compañeros los domingos para que a cambio de la "raviolata" con la que los obsequiaba, le ayudasen a levantar los cimientos de la casita... En resumen: gastaba 1 y producía 9. El "milagro" lo realizaba privándose de comodidades y expansiones que él consideraba exclusivamente buenas para los pudientes.

Por lo contrario, el porteño común de hoy se considera con derecho a gozar de las comodidades de la civilización como elemento indispensable del vivir diario; y los adquiere a cuenta -a crédito- de sus rendimientos futuros, pero sin contribuir en igual o mayor medida a crear esos u otros bienes equivalentes. Es decir: gasta 9 y produce 1.

Durante casi siete décadas hémos estado consumiendo la herencia de nuestros antepasados, olvidando que, a menudo, es más difícil conservar que crear y reproducir.

Vivimos con retraso respecto de otras naciones, porque hemos querido convertir de repente a un país tradicionalmente agrícola-ganadero en una potencia industrial, sin advertir que sólo habría sido posible esperar buenos resultados si la capacidad adquisitiva del ciudadano común hubiese sido muchísimo mayor, y si por cada unidad consumida en el país hubiéramos podido colocar 10 en el extranjero.

Estamos pagando el precio de aprendizaje y debemos resignarnos a consumir, una industria cara y casi nunca excelente. Ayer, como hoy, las divisas provienen de la producción rural.

Por desgracia, la especulación sustituye al trabajo creador. Las máquinas reemplazan al hombre. El Estado resulta casi siempre un mal empresario. La industria privada solo atiende al negocio particular y se resiste a moderar sus beneficios y a colaborar en favor de los fines de bien público...

La enorme burocracia y los empleados de las empresas del Estado -que absorben más del 15 % de la población de la República y que ocasiona déficits monstruosos- constituyen un mal de larga data que la demagogia y el favoritismo político agravaron y que últimamente ha sido difícil contener.

Se han extirpado abscesos administrativos como los que diagnosticó sarcásticamente el comediógrafo Marco Denevi en su muy difundida pieza "Los expedientes" (1957); pero el cáncer progresa y el país espera todavía al cirujano que se atreva.

La ufanía y el envanecimiento de ayer han venido a parar en el concepto inadecuado y deprimente de "subdesarrolio". Un aspecto favorable de esa mudanza tal vez sea la de volvernos más sensatos. No nos inclinamos ya a sentirnos demasiado importantes como en los tiempos de crecimiento súbito y de bambolla frágil. El que "hace teatro" y el macaneador no engañan ni entretienen como antes.

El imperio de la técnica y la complicación de la vida moderna han abatido bastante el sentir tradicional de que todo podía improvisarse y de que "cualquiera podía hacer de todo". El repentismo va siendo reemplazado, en mayor grado cada día, por la especialización en todos los órdenes de la actividad, con grave perjuicio para los sabelotodo y de los sobradares, cándidamente persuadidos de que no era indispensable estar preparados para ganar el sustento de cada día.

El mundo de los doctores ha pasado a manos de los "hombre de empresa", de los "psicólogos prácticos" y de los "ejecutivos", inventores de necesidades nuevas, pulpos de los presupuestos ajenos y tiranos del "rendimiento útil" de los dependientes.


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