El Caracter Porteño - pág.25 - Folklore Argentino

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Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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"Es mi amigo, y basta". Criticar a la persona a quien se ha dado la amistad és ofensa directa. Por eso, "ser falluto" -infiel a los deberes de la camaradería- es "desdoro que no se perdona".(121)

En las esferas superiores y subalternas de la política, la lealtad a la persona del caudillo y a los hombres del partido es un sentimiento también heredado de España desde los tiempos del feudalismo, y revivido en la etapa inorgánica de nuestra democracia y durante los gobiernos personalistas de los años de la oligarquía patricia y de la vigencia de la ley Sáenz Peña.

Como todo culto, el de la amistad se convirtió a menudo en disfraz de intereses mezquinos. El político conocía el valor de la privanza de "los de arriba" para escalar y mantener posiciones; y "los de abajo" sabían de la importancia de las cuñas para "salir de apuros" o para "hacerse un lugarclto y acomodarse".
En el peldaño inferior, la gauchada vino a ser la forma vulgar de obtener un provecho por encima de las normas y rutinas corrientes.

La idiosincrasia individualista del país y la falta de prácticas de gobierno democrático determinaron una «vida política oscilante entre la autocracia, el caudillismo, la anarquía y el despotismo.

Queriendo ser democráticas, las autoridades surgidas de la Revolución de Mayo fueron dictatoriales -díganlo Moreno, Alvear, Rivadavia-, porque los afanes por implantar instituciones liberales y republicanas se estrellaron contra un pueblo habituado a agruparse en torno a caudillos aptos para reunir multitudes emotivas -fieles a sus jefes: López, Ramírez, Quiroga, Rosas- y no para inculcar principios racionales o prácticos de educación democrática.

Más tarde, la Constitución Nacional, como traje de confección, quedó grande al país en virtud de la notable desproporción entre la pureza del Estatuto y la incultura política de los gobernados.

El modelo inspirador de nuestra ley suprema provenía de un pueblo poseedor del genio de la organización política que la había creado de adentro hacia afuera, con genuino sentimiento de comunidad, con una espontánea aptitud para trabajar constructivamente, y para defender los derechos humanos primordiales, respetar los del prójimo, resolver con tino los problemas comunes e impedir los desafueros del poder público.

El caracter porteño

Caricatura de un mozo de café.

La naturaleza emotiva y vividora del porteño puso sus simpatías en los gobiernos personalistas, en quienes volcar un sentimiento amistoso y deponer su voluntad para que ellos se encargasen de pensar y obrar por él, con la esperanza de que les resolvieran sus dificultades personales, como hemos visto al final del capítulo XII.

Después de la vigencia de la ley Sáenz Peña, el desarrollo de los partidos populares y de los gremios obreros contribuyeron al advenimiento de las masas en todos los órdenes de la vida nacional. "El protagonista es hoy la multitud", observaba Alvaro Melián Lafinur en 1936.(122)

Políticamente, las ideas no se ven y las instituciones no se palpan; pero el jefe y gobernante de carne y hueso, sí. El personalismo político junto a otras formas bastardas de la democracia -como el nepotismo, la plutocracia, la demagogia, el negocio electoral y la "politiquería"- fueron señales sucesivas o coincidentes de la vida del país desde los años de la Organización Nacional.

Referencias:

(120) Salvador de Madariaga: Ingleses, franceses, españoles, Madrid, 1931, pág. 169.
(121) Raúl Scalabrini Ortiz: op. cit., pág 23.
(122) Alvaro Melián Lafinur: "El carácter argentino", en La Nación, Buenos Aires, 1 de enero de 1936.

21.Personalismo político. Estado providencial.

En la Argentina, como en España, cuanto más vivió el pueblo en fidelidad con un gobernante, tanto menos vivió en fidelidad con las doctrinas y las instituciones políticas.

El caracter porteño

El caracter porteño

El barrendero y el mensajero, dibujos de Giménez.

Ya nos hemos referido al autocratismo de las autoridades surgidas de la Revolución de Mayo. Después del primer gobierno de Rosas, la escisión del Partido Federal se resolvió a favor del personalismo político, porque mientras los "federales netos" contaban con un hombre -el Restaurador- los moderados doctrinarios y antipersonalistas o "lomos negros" solo defendían ideas y carecían de un caudillo de índole popular.

Después de la Organización Nacional la política siguió siendo caciquista. El pueblo no vio instituciones sino la persona que mandaba. Los gobernantes no fueron mandatarios de la voluntad general sino "hombres de partido": y los gobernados no fueron ciudadanos sino "correligionarios" y "opositores".(123)

El sector tradicionalmente gobernante -formado por el patriciado argentino- perduró más de medio siglo, entre otras razones, por el sentimiento de fidelidad hacia los jefes políticos y por la conversión dé las fracciones oficialistas en oligarquía y nepotismo mediante "acuerdos" y componendas de partidos.

Junto o lejos del jefe político actuaba el "taita" -padrecito protector- de provincia o de comité y parroquia, dispensador de favores, prometedor de posiciones, apañador de gente de avería útil como "elemento de acción" durante las jornadas comiciales: siempre al servicio del partido y de los "correligionarios", prestaba sus buenos oficios para entenderse con las fracciones disidentes "que no habían entendido la cosa"; y con igual diligencia "arreglaba" a un matrimonio mal avenido, o prometía un "puestito" a un jefe de familia o "soltaba a un buen elemento" detenido en la comisaría de policía seccional o en los tribunales por hechos de sangre o por delitos contra la propiedad.

El caracter porteño

El bar Unión, en Paseo Colón e Independencia. 1970.

Honrados con la confianza o la "media palabra" del candidato del triunfo o del gobernante, tales caudillos realizaban esos y otros menesteres similares en el comité, en el café o en su propio domicilio convertido en una miniatura de la todopoderosa Casa Rosada de la Capital.


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