El Caracter Porteño - pág.23 - Folklore Argentino

--20210910 3329 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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18.Imitación. Caricatura.

El Río de la Plata careció de civilización autóctona. Desde la conquista hasta la Emancipación, la raza y la cultura -sangre, idioma, religión, instituciones, formas de vida- fueron fundamentalmente españolas.

El caracter porteño

Cardador de lana a domicilio. 1970.

Libre del dominio de España, la Argentina trasplantó para su gobierno las doctrinas e instituciones políticas vigentes en Europa: las Juntas, el Triunvirato, el Directorio, las constituciones unitarias y los reglamentos, pactos y constitución federales, el sufragio universal -la ley Sáenz Peña-, los amagos de régimen fascista durante la Revolución de 1930...

Generalmente las influencias llegaron con retraso, cuando sus fallas eran notorias en los países de origen; y casi nunca fueron adaptadas a la idiosincrasia y a las verdaderas necesidades de la realidad nacional.

Los Moreno, Belgrano, Monteagudo, Rivadavia, Mitre, Sarmiento, Alberdi y los hombres del Ochenta se esforzaron por traer al país ideas, técnicas y cultura anglofrancesas y de los Estados Unidos, así como a sabios e investigadores y artistas europeos para el florecimiento de la ciencia, de la industria y de las artes argentinas.

Los Burmeister, Doering, Speluzzi, Max Sierrert, Holberg, no tardaron en atraer a estudiantes como Arata, Huergo, Berg, Ramos Mejia, Moreno. En las ciencias exactas descollaron Balbín, Mayer, Dassen, Butty; en ciencias médicas Houssay, Sordelli, Roffo, Castex, Arce, Finochietto, Agote; en ciencias naturales, Outes, Debenedetti, Hicken, Doello Jurado, el autodidacto Ameghino; en ciencias históricas, Levillier, Ruiz Guiñazú, Gandía, Torre Revello; en ciencias sociales, Bunge, Levene, García.

Estos, entre muchísimos otros, asimilaron los conocimientos de los países más adelantados del mundo y vivieron "al día" respecto de su cultura. La riqueza económica y el ansia de tener a Europa en casa permitieron situar a la Universidad de Buenos Aires al nivel de las más renombradas del orbe.

Hemos sido introductores inteligentes y adaptadores esmerados de las conquistas de los pueblos más avanzados en punto a civilización y cultura. Pero la ciencia y la técnica no se improvisan; y la Argentina deberá seguir siendo, por muchos años, discípula atenta de los países que nos llevan -y nos seguirán llevando- siglos de vanguardia en el orden científico, tecnológico y cultural. Cuando el argentino logre una personalidad diferenciada y auténtica, tal vez llegue a ser un creador verdadero.

En lo concerniente a nuestra literatura, sus cultores se dieron noble prisa para importar y absorber las sucesivas corrientes en boga en Europa: neoclásica, romántica, posromántica, prerrealista, naturalista, psicorrealista, modernista, vanguardista, expresionista, surrealista, neorrealista, "absurdista", farsesca...

En algunos casos nuestros poetas, novelistas y ensayistas produjeron obras de mérito perdurable -Martin Fierro, Facundo, Una excursión a los indios fíanqueles, Mis montañas, Don Segundo Sombra, Barranca abajo, Hombres en soledad, La ciudad Indiana, Radiografía de la pampa, entre otras citadas en el curso del presente esquema; pero la enorme mayoría están escasamente impregnadas del espíritu, de los jugos y del estilo de la tierra, aunque se refieran a temas argentinos.

Es notable el hecho de que el cultivo del cancionero y de las danzas autóctonas haya resurgido en nuestro medio como consecuencia de las ideas elaboradas en Europa sobre el folklore y lo folklórico.

Al regresar Vargas Vila del viaje que realizó a nuestra capital, el año 1923, dijo: "Buenos Aires es un vasto museo de reproducciones"... "patria del plagio", en donde "la copia es la norma imperante... "(119)

El caracter porteño

Dibujo de un orillero de principios de siglo XX.

Esa agria opinión estuvo determinada en parte por el resentimiento del atrabiliario y presuntuoso colombiano ante la indiferencia de los porteños hacia su persona. Pero contiene una dosis de verdad que, aunque nos duela, interesa no echar en saco roto.

La Argentina ha realizado cosas serias en el breve curso de su historia. Entendemos por serio lo que cumple cabalmente el fin útil para el que cada cosa es creada. Pero, si se quiere ver radioscópicamente la mayoría de las realidades argentinas -sobre todo porteñas-, habría que verlas como farsas de seriedad.

La ciudad fue, en la generalidad de los casos, su propia caricatura. Por eso los porteños resultaron caricaturistas sobresalientes. No es paradójico afirmar que lo "auténticamente argentino" -principalmente porteño- puede ser hallado en el jardín lozano de las páginas ilustradas de las revistas El Mosquito, Don Quijote, La Presidencia, P.B.T., Vida Moderna, Caras y Caretas, Fray Mocho...

Y habrá que agradecer la laboriosidad y el ingenio del dibujante parisiense Enrique Stein, llegado a Buenos Aires el año 1886 con la intención de explotar el negocio de la apicultura en nuestro medio. No enseñó a los porteños la técnica de la producción y venta de la miel, pero sí el arte de libar en la flora de lo inauténtico y lo ridículo del ambiente y del carácter ciudadano.

Este maestro, así como los españoles Eduardo Sojo, Manuel Mayol (Heráclito), José María Cao (Demócrito II), Francisco Redondo, Carlos Alonso, Nicanor Alvarez Díaz (Alejandro Sirio), y los argentinos Ramón Columba, Diógenes Taborda, Lino Palacios y Divito, entre otros, tendrán en no lejano día la aureola de campeones del arte tal vez más genuino y peculiar de, Buenos Aires: la caricatura.

Ref:
(119) Vargas Vila: Viaje a la Argentina, Tor, Buenos Aires, pág. 99.


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