El Caracter Porteño - pág.20 - Folklore Argentino

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Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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16.Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?

El temor a caer en la ridiculez por el afán de aparentar, indujo al porteño a "no desentonar", a no "salir se de la línea", a reprimir toda forma de espontaneidad". Buenos Aires vivió "a medio tono", "correctamente", sin disentir con las normas aceptadas por "todo el mundo".

El caracter porteño

Guarda de tranvía en el Buenos Aires de principios de siglo XX. Caras y Caretas, 1912.

El ambiente porteño presentó una uniformidad y monotonía abrumadoras. "Todo lo infrecuente" -escribía Jorge Luis Borges en 1931- "es monstruoso, y como tal, ridículo..."

Y en la misma fecha opinaba Manuel Gálvez que los rasgos singulares con los que se define la personalidad eran delitos aquí.(101)

¿Qué habría sido de los indios, chinos o marroquíes a los que se les hubiese ocurrido transitar por las calles de Buenos Aires, como lo hacían en las de París, vestidos conforme a la usanza propia? Hubieran sido tildados, por lo menos, de chiflados o de locos lindos...

Hemos visto en el capítulo X cómo la represión de los sentimientos -principalmente los de carácter erótico- inclinó a los porteños hacia la reconcentración y el regusto por la soledad, del mismo modo que "ciertos enfermos toman cariño a su mal y no aceptan las posibilidades de salud que se les ofrecen".(102)

La falta de espontaneidad vital, la reserva permanente, a fin de que "no lo conocieran a uno por dentro", para penetrar mejor la intimidad del prójimo, y para "no perder el ojo a cuanto podía afectarle personalmente", convirtieron al porteño en un "hombre a la defensiva", como advirtió Ortega y Gasset en 1929, y, a Buenos Aires, en una "ciudad con sordina", según la opinión de Keyserling en 1930.

La vida del porteño de 1880 -familiar, apacible, confiada, bromista- habíase trocado en agitada y recelosa durante los años de la inmigración. "Ya el trato no tuvo la afabilidad de antes" -cuenta un cronista- "ni las reuniones familiares se abrieron a todos... " (103)

Ciertamente, el torrente extranjero, había vuelto circunspectas a las familias criollas ante los gringos y gayegos que adoptaban máscaras simpáticas para congraciarse y medrar.

A su vez, el inmigrante no veía un semejante en otro inmigrante, sino, generalmente, un rival; y ocultaba su intimidad y los centavos ahorrados al paisano más pobre que él: y vivía con el ojo alerta contra la violencia o la astucia de malevos, cuenteros y vivos.

El que ocupaba un puesto temía las "zancadillas" de los envidiosos y las cuñas de los influyentes. "El especialista podía ser desalojado por el improvisador; el oficial por el aprendiz.., " (104)

En un ambiente de crecimiento dislocado, de inestabilidad propia de los países jóvenes, de improvisación y de apariencias, podía ocurrir cualquier cosa; y era preciso avivarse, manyar al prójimo, defenderse sin descanso.

"¿Quién te manda entregarte a un tipo que no conoces?" -era la crítica que esperaba al incauto estafado por un desconocido. Y... ¿cómo no precaverse en un ambiente en donde no era fácil percibir "quién es el millonario y quién el mendigo, quién el sabio y quién el simulador, quién el estadista y quién el charlatán, quién el señor y quién el lacayo? ..." (105)

Muchos analistas del carácter argentino han considerado la tristeza como señal dominante de la modalidad nacional. Originariamente, proviene de la pasividad criolla: el hijo del país padecía la vida y se "dejaba estar". El amor a la soledad le volvió ensimismado y taciturno. Revivió en su alma la ancestral sequedad castellana: la palabra breve y el pudor de sus sentimientos íntimos. Solía ser socarrón, pero su regocijo se vinculaba con la soberbia y el deseo de disminuir al prójimo: su alborozo era estrepitoso, agresivo, sobrador.

En 1903, Carlos Octavio Bunge descubría que nuestro pueblo no sabía reír ni divertirse con sana e inocente espontaneidad. Buenos Aires le parecía "una población de biases" que no querían o no podían gozar del bonheur de vivre. Derivaba esa característica de la soledad pampeana y de la idiosincrasia de las razas aborígenes, así como del frustramiento del conquistador español que no había encontrado en el Río de la Plata metales preciosos ni indios sumisos a quienes explotar.(106)

Pocos años después -1910- Santiago Rusiñol denunciaba otras causas de la tristeza colectiva. Refiriéndose a los inmigrantes que pululaban en Buenos Aires, expresaba: "El hombre práctico, cuando la práctica consiste en la ambición de hacerse rico y mucho más rico, no puede tener alegría... El que ha encontrado el camino le sigue solo, no lo dice a nadie, le quiere para sí, para ir más ancho; aquel a quien la suerte protege, aprieta a la suerte para que no se le escape; el que es rico quiere serlo más; y el que no puede serlo más, no sabe cómo tiene que gastar el dinero, y eso le da una tristeza como si ya volviese a ser pobre..."(107)

El teatro nacional registró en muchas comedias la tristeza del hombre de Buenos Aires. Tal vez haya sido César Iglesias Paz el comediógrafo que mejor haya analizado esa modalidad.


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