El Caracter Porteño - pág.18 - Folklore Argentino

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Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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La Universidad contribuyó a satisfacer el afán de notoriedad de los porteños.

Las carreras doctorales -medicina y abogacía sobre todo- concedían credenciales supletorias de los títulos nobiliarios europeos, y medios eficientes de alcanzar "éxito" económico y posición social, como hemos indicado en el capítulo V.

La casa particular de los doctores ostentaba, como blasón, la correspondiente chapa de bronce reluciente y bruñida cada día por el aliento y la gamuza del mucamo o del portero.

"Los visitantes del doctor" -recuerda un cronista- "reciben al entrar el fogonazo deslumbrante del título. Es un brillo cuyos resplandores se propagan por toda la vivienda. Brilla en los labios del sirviente, de la mucama, de la señora del doctor, de los hijos y de los proveedores. Nadie le mezquina cumplimientos a esta palabra mágica: DOCTOR. Palabra que unos dicen con glotonería, otros con esperanza, y que suena a los oídos del interesado con orgullosa complacencia..."(85)

La gente solió extender el trato de doctor a quienes, sin serlo, ostentaban notoriedad. A un visitante que prodigaba a José Manuel Estrada el título de doctor -que no poseía-, éste le replicó en tono airado: "¡No soy doctor ni quiero serlo!" Y al comentar el hecho entre los amigos se quejaba: "Doctor... doctor... Aquí, donde cualquiera lo es, el mayor timbre de honor es no serlo..." (86)

El tango fustigó en sus "letras", el ansia de figuración de los hijos de la clase modesta que ardían por alternar con la juventud de las esferas encumbradas:

"Niño bien, pretencioso y engrupido
que tenés el berretín de figurar...
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mientras tu viejo pá´ ganarse el puchero
todos los días sale a vender fainá".(87)

Por su parte, el teatro nacional registró también la apetencia de notoriedad y la afición a los títulos doctorales en el Buenos Aires de principios de siglo.


Referencias:

(80) Manuel Gil de Oto: ¡Y aquí traigo los papeles!, op. cit., págs. 94 y 95.
(81) Florencio Escardó (Juan de Garay): op. cit., págs. 49 y 52.
(82) Rodolfo M. Taboada: De la fauna porteña, Buenos Aires, 1946; pág. 60.
(83) Fzequiel Martínez Estrada: la cabeza de Goliat, Buenos Aires, 1940, pág. 323.
(84) Santiago Rusiñol: op. cit., pág. 156.
(85) José Pérez Valiente de Moctezuma (Barón de Roch): Significación de los argentinos, Buenos Aires, 1934, págs. 76 y 77.
(86) Anécdota recordada por Ricardo Sáenz Hayes en el volumen Entre dudas y esperanzas, Buenos Aires, 1954, pág. 204.
(87) Niño bien, tango de Soliño y Fontaina.

15.Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.

El recóndito sentimiento de inferioridad se compensaba, como hemos indicado, con la "buena presencia", la formalidad y la parada: el traje nuevo, el cuerpo echado para atrás, el paso mesurado, la palabra avara, sentenciosa y cortante.

El caracter porteño

Ferrocarril del Oeste (Sarmiento), Barrio Balvanera, 1880.

El deseo de "impresionar" y "hacer buen papel" requería la represión de la emotividad, la necesidad de "cuidarse" y "guardar reserva" por si acaso.

Frecuentemente, el saludo entre personas que no se trataban mucho era una forma de huida más que una expresión de cortesía:

"-¡Adiós, amigo! ¿Cómo le va?

-Ya lo ve... Y usted, ¿qué me cuenta?

-Aquí andamos...

-Me alegro de verlo bueno.

-Hasta siempre, amigo..."

El anhelo de "aparentar" no sólo desarrolló la aptitud para la mise en scene -como percibió Agustín Alvarez a principios de siglo (88) -sino que convirtió frecuentemente al porteño en perpetuo actor, enamorado de su papel y en vigilante receloso de la opinión ajena.

Cuatro décadas más tarde otro observador del ambiente de Buenos Aires expresa con agudeza: "Hay quienes entre nosotros hace cuarenta años que están ensayando ser importantes; y lo formidable es que lo han conseguido mediante su permanente ensayo general". (89)

La calle Florida vino a ser el muestrario ciudadano de los imbuidos en el propio parecer. "Cada cual es el eje del universo donde actúa, y poseído de la importancia individual, considérase punto visible de la muchedumbre circulante".(90)

Esa modalidad dio pie a Ortega y Gasset para sus reflexiones sobre el narcisismo en nuestro medio. "El argentino" -dijo- "se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación... Se mira, se mira sin descanso..." Lo importante no era ser sino lo que se representaba.

Refiriéndose al ambiente intelectual porteño -que el citado filósofo conoció bastante bien-, dijo: "Mientras nosotros nos abandonamos y nos dejamos ir con entera sinceridad a lo que el tema del diálogo exige, nuestro interlocutor adopta una actitud que, traducida en palabras, significaría aproximadamente esto:

Aquí lo Importante no es eso sino que se haga usted bien cargo de que yo soy nada menos que el redactor en jefe del Importante periódico X; o bien: Fíjese usted que yo soy profesor de la Facultad Z; o bien: ¡Tenga usted cuidado! Está usted Ignorando u olvidando que yo soy una de las primeras figuras de la juventud dorada que triunfa sobre la sociedad elegante porteña. Tengo fama de Ingenioso y no estoy dispuesto a que lo desconozca..." (91)

En la cúspide de los imbuidos de superioridad estaba situado el sobrador, cuya suficiencia le permitía estar al cabo de todo y ponerle la tapa al más pintado. Ducho en el arte de las máscaras, rechazaba a los íntimos que se venían con su parte de comedia bien aprendida, es decir, con la ficción dé contrabando.
¡Conmigo no te mandés la partel ¿Entendés? Con esa repulsa quería dar a entender: ¡No me hagás teatro! ¡No te esforcés en representar! "No has salido de vos mismo y hacés una mascarita sin carnaval que te festeje.


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