El Caracter Porteño - pág.16 - Folklore Argentino

--20210910 3334 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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13.Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción.

La Argentina ha sido y sigue siendo un país privilegiado.

El caracter porteño

Barrio Retiro, Ciudad de Buenos Aires, 1870.

Al cursar los primeros grados de estudios elementales, los maestros nos enseñaron que...

"La República Argentina había recibido todos los dones de la Naturaleza.
Que su enorme extensión podía albergar holgadamente a cien millones de habitantes.
Que por su situación geográfica -con una zona tórrida, una templada y una fría- era posible trasplantar la flora de cualquier parte del mundo.
Que disponía de una -pampa inmensa y feraz de una superficie mayor que la de España y Francia juntas.
Que el subsuelo atesoraba minerales de todo orden.
Que el extranjero era tratado como nativo.
Que no existían problemas raciales: el indio puro iba desapareciendo; los negros eran poco menos que figuras decorativas; y los mestizos apenas se distinguían de los blancos.
Que la igualdad consagrada por las leyes permitían al ciudadano ocupar una posición acorde con el esfuerzo y los merecimientos individuales..

A esa lección -plenamente vigente ayer como hoy- podría agregarse algo respecto a Buenos Aires, puerto de entrada y salida forzosas de la riqueza del Río de la Plata desde los tiempos de la colonización española.

El centralismo egoísta de la Capital después de la Emancipación fue gestando el sistema político unitario -frente al afán autonomista de las provincias- para conservar su hegemonía y guardar para sí las rentas de la Aduana única y próspera.

Las minorías dirigentes porteñas, hinchadas de orgullo, vivían pensando en traer de Europa su civilización y su cultura para que desde Buenos Aires se extendiera al "resto del país", al que miraban por encima del hombro.

Como todo lo demás, el torrente inmigratorio había desembarcado en el puerto bonaerense después de la Organización Nacional. La abundancia y la prosperidad de la ciudad, plena de oportunidades, retenían a los recién llegados; y en poco tiempo la capital de la República -"Faro de América", y "Cabeza de Goliat" de la Náción-, reunió para sí la tercera parte de la población del país.

El nuevo porteño hijo de inmigrantes -el de la primera o de la segunda generación durante el período aluvial- había crecido en una ciudad opulenta, henchida de tentaciones.

Se sintió heredero de un pasado nacional breve y renovador; y se lanzó a gozar de la civilización europea traída por las clases dirigentes y por el extranjero esforzado, con el sentimiento propio del niño mimado que se cree "con derecho a todo": a recibir sin tener la obligación de dar.. (78)

Esa egoísta y arrogante disposición de ánimo se enlazó con el fenómeno moderno de las masas, prolijamente estudiado por Karl Jaspers en Alemania y por José Ortega y Gasset en España.

El chico malcriado y el hombre-masa acusan dos rasgos comunes: la libre expansión de los deseos sin consideración al prójimo -desde que considera que el mundo ha sido hecho para exclusivo beneficio de su persona-, y la ingratitud hacia quienes contribuyeron a la facilidad de su existencia.

"Mimar" -explica Ortega- "es no limitar los deseos y dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado".

La vida cómoda lleva a ese tipo humano al convencimiento de qué "solo él existe" y a "no contar con los demás sobre todo a no contar con nadie superior a él".(79)

Solo le preocupa su propio bienestar y se siente relevado del deber de contribuir a perfeccionar para sí y para las generaciones venideras los beneficios logrados por los que le precedieron en el tiempo y en el trabajo creador.

La tendencia a la comodidad volvió al hombre de Buenos Aires quejoso de todo aquello que hiriese su sensibilidad hedonista. La variabilidad del tiempo es una característica de la Ciudad; El porteño debería conformarse a esa situación.

Sin embargo, vivía preocupado por los altibajos del termómetro y del barómetro. ¡Día bravo!, ¿eh? -porque hacía frío o porque hacía calor o porque la humedad era excesiva...
Se resistía a creer que la Capital goza de un clima benigno y generalmente templado; y como todos los días no eran primaverales, se quejaba con malhumorada ironía: ¡No somos habitantes sino sobrevivientes!...

El mimo convertía al porteño en eterno descontento. El pobre se dolía de su pobreza; el de la clase media, de la carestía de la vida; el rico, de los impuestos "que le chupaban la sangre"...
Resultaba difícil encontrar en Buenos Aires al hombre feliz, acaso porque casi todos tenían camisa. El temor de sufrir determinó que nuestra capital fuese la ciudad que, comparativamente, consumiera más analgésicos allá por el año 1940, de acuerdo con las estadísticas internacionales de entonces.

Descontento de la propia existencia y envidioso de la ajena, el porteño echaba la culpa de sus insatisfacciones a la "mala suerte", al "mundo"; y, como hemos visto en los capítulos VI, X y XII al referirnos al erotismo, al resentimiento y a la soledad, se refugiaba en la esfera de los sueños o se perdía en los meandros del despecho o del resentimiento.

Otra de las formas en la que se manifiesta la insatisfacción consiste en hacer alarde de lo que se quiere y no se tiene. Analizaremos ese hecho en el capítulo siguiente.

Referencias:

(78) Bela Szekely: Del niño al hombre, Buenos Aires, 1940, pág. 85.

(79) José Ortega y Gasset: La rebelión de las masas, Santiago de Chile, 1934, págs. 44 y 45. Karl Jaspers: Ambiente espiritual de nuestro tiempo, trad, española, Buenos Aires, 1933.


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