El Caracter Porteño - pág.13 - Folklore Argentino

--20210910 3319 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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11.Emotividad. "Pálpito". Gana.

La sangre española, italiana y criolla dieron al alma porteña un predominio de la sensibilidad, de las emociones y de la gana sobre las facultades intelectivas.

El caracter porteño

Típica esquina suburbana. Caras y Caretas, 1907.

Se ha dicho que somos una "nación irritable", en el sentido de que, como suramericanos, priva en nuestras almas la excitabilidad o impresionabilidad elemental sobre las estructuras evolucionadas de orden reflexivo.(62)

En realidad, el porteño antepone lo sensible a lo conceptual; la sagacidad al examen lógico; la viveza al análisis sistemático y a la labor penosa; el impulso a la determinación madurada; la gana a la voluntad; el entusiasmo a la ponderación; la corazonada a los juicios deductivos.

Es hijo de la "cupíditas": de la energía psíquica elemental que mueve los actos deliberados. La certidumbre de fe y el presentimiento españoles se transforman en el pálpito porteño, en "vivencia interna que no requiere circunstancias o pretextos fuera de sí misma" -como expresa H. Guglielmini-, pues decir yo tengo tal palpito es zanjar toda discusión, terminantemente. El palpito es "el único piloto fehaciente en el caos de la vida porteña y el único cuya posesión premia el porteño".(63)

El lance es el palpito activo; tirarse lances es actuar improvisada y repentinamente a puro palpito contando con certidumbre de fe y con la indulgencia del prójimo para con los audaces.

Las ideas en sí mismas interesaban poco al porteño. La cultura libresca le resultaba insoportable. Se atenía a lo sensual, a lo empírico y a lo emotivo.

Los juicios éticos derivaron de las afecciones más bien qué de un lógico sentido de la responsabilidad. La cristiana compasión española (piedad femenina) pasó a ser indulgencia preventiva en el criollo: hoy por vos, mañana por mí... "¡Lárgalo!" -gritaba al vigilante que detenía a cualquiera, aunque fuese un maleante reconocido. Los condenados por la Justicia no eran delincuentes sino "pobres tipos"...

En punto a política el porteño no fue doctrinario sino personalista. No le importaron las instituciones sino el que gobernaba. No interesaba que éste fuese estadista o demagogo, obrero o doctor; bastaba que tuviese palpitos y que supiese mandar.

En general, consideró la política como espectáculo -como balconeo-; y, según las circunstancias, silbaba o aplaudía. Pero, eso sí, cuando veía en el político "el hombre", "el padre", el adalid, lo incorporaba a su yo y lo defendía como algo propio con alma y vida.

Como anticipamos en el capítulo III (Orígenes populares, cosmopolita...), la gana española se desarrolló con plenitud en el ambiente rioplatense, elemental y bárbaro, sin preocupaciones de índole espiritual.

La gana es el deseo irracional, la fuerza anímica que desea pero que todavía no sabe querer porque carece de entendimiento deliberado.
"Fue en la Argentina" -cuenta H. Keyserling- "donde por primera vez encontré hombres de los que hube de reconocer que realmente no podían ni siquiera cuando querían", porque no tenían "ganas".
Si no hay gana no hay acto. La falta de gana, para salir del paso, recurre al arbitrio de "dejar las cosas para mañana", lo que equivale muchas veces a no hacerlas nunca.(64)

"¡Mañana, el eterno mañana, viejo conocido mío desde los días en que comencé a viajar por Suramérica!", exclama Martín Tow, propulsor del progreso porteño, en sus sabrosísimas memorias.(65)

La ausencia de "ganas" y la pereza -la fiaca, en versión italiana- suelen enlazarse con el deseo de comodidad y de ese maridaje nació el "expedienteo", en espera dé que las circunstancias trabajasen para uno, en vez de influir uno sobre las cosas y los acontecimientos.(66)

Cualquier obstáculo o tropiezo ofrecía motivo para desistir de la acción: ¡No hay nada que hacerle! ¡Deja no más! ¡No vale la pena! La timidez contribuía a esos renunciamientos.

"A ese joven" -decía Scalabrini Ortiz- "le gusta una muchacha; la sigue por la calle, pero, por timidez, no la aborda y pierde la oportunidad. De todas maneras... no me va a querer. No tengo auto..."(67) .

Por inercia y por despecho, el porteño solía despreciar públicamente lo que anhelaba en secreto con mayor vehemencia. Por otra parte, poco afecto a la laboriosidad, consideraba el trabajo poco menos que un esfuerzo heroico; y lo poco que hacía lo valoraba de un modo superlativo.

Decía "Yo trabajo" con énfasis, exagerando siempre la importancia de la tarea. Aunque, eso sí, se guardaba de hacer gala de excesiva diligencia. Trabajar demasiado era "cosa de otarios", pues "el vivo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo...

Referencias:

(62) Hermann Keyserling, op. cit., págs. 89 y 205.
(63) Homero M. Guglielmini: Alma y estilo, Buenos Aires, 1930, págs. 161 y 163.
(64) Hermann Keyserling: op. cit., págs. 161 y 163.
(65) Martín Tow: Memorias de un comerciante, Buenos Aires, 1934, pág. 96.
(66) Homero M. Guglielmini: Temas existencíales, Buenos Aires, 1939, pág. 189.
(67) Raúl Scalábrini Ortiz: op. cit., pág. 132.


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