El Caracter Porteño - pág.11 - Folklore Argentino

--20210910 3339 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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10.Erotismo. Soledad.

La erótica española sufrió una regresión hacia el puro instinto genésico en el ambiente bárbaro de las pampas bonaerenses.

Ansioso de independencia, el criollo no se había atado a nada: se bastaba a sí mismo: y la mujer, como compañera y madre, no contaba mucho en su vida. Lo femenino llevaba consigo una insalvable marca de inferioridad.

El caracter porteño

"Carnevale". PBT, 1911.

Había compartido el sentimiento de menosprecio del español por el sexo opuesto, sobre todo frente a las negras, mestizas y mulatillas. Las miraba con prevención maliciosa; las conquistaba con mañas de cazador; las poseía con voluptuosidad natural sin complicaciones sentimentales.

El temor de perder lo que consideraba suyo por derecho propio o como botín de guerra, lo volvía desconfiado y puntilloso ante la competencia masculina. El menor desvío de la hembra lo sentía como una afrenta a su condición de varón. En general, el amor criollo fue pobre en ternuras por considerar a éstas como indignas de la hombría y por desconocimiento de los refinamientos de la sensibilidad y de la imaginación susceptibles de emancipar el impulso sexual de su condición fisiológica.

Esa modalidad pervivía en los arrabales porteños de fines del siglo XIX. Empero, al mezclarse con resabios de la galantería del centro culto de la ciudad, la pasión amorosa se trocó muchas veces en romanticismo sensiblero e infantil.

El tango del Novecientos, como expresión coreográfica, fue una elocuente demostración de la jactancia masculina frente al sexo opuesto. El varón conducía y dominaba a la hembra con voluntad omnímoda, sin galantería, como instrumento dócil de su potestad y de su fantasía, para descollar y "florearse" él.

La época aluvial agregó a la erótica hispanocriolla la concupiscencia de la inmigración italiana. La vida floreciente de Buenos Aires, la alimentación sana y abundante -rica en proteínas- exaltaron las apetencias eróticas de la población.

El extranjero llegaba sin familia, y los hogares criollos levantaron murallas contra los advenedizos. La demanda de mujeres dio a éstas un vigoroso sentimiento de superioridad.

El número de varones aumentó en forma tal que entre los años 1869 y 1914 hubo por momentos una proporción de 8 hembras por cada 10 hombres.(50)

De pronto, la orgullosa Buenos Aires comprobó con asombro que se había convertido en el mercado de trata de blancas más importante del mundo. El proxenetismo organizado resultó un ingente negocio para los rusos, polacos y franceses que lo explotaban con destreza e inescrupulosidad.

Las autoridades municipales prohibieron el funcionamiento de los barrios de lenocinios, y autorizaron, en cambio, la instalación de casas individuales.

Los capitalistas del tráfico venusino constituyeron un trust -con mercado y banca central- para instalar cadenas de "casitas" en todo el país, con rotación de las pupilas e imposibilidad de competencia por explotadores ajenos al monopolio.(51)

La Revolución de 1930 abatió a esas organizaciones y el celo moralizador de la Iglesia indujo a la Municipalidad a reprimir no solo la sexualidad mercenaria sino las expresiones inocentes del sentimiento amoroso cuando se manifestaban públicamente.

"Con mano dura se extirpó el amor en la ciudad" -recuerda Scalabrini Ortiz-; "todo contacto de sexos, todo candor fue proscripto si comprendía alguna familiaridad. Las distracciones, los recreos, fueron desbaratados abiertamente.

El baile llegó a ser sinónimo de licencia y disolución... Se votaron impuestos inhibitorios para los restaurantes que permitieran bailar a los parroquianos...

La ciudad enmudeció... El tintineo de una carcajada sonaba a provocación en un local público..."(52)

La mujer miraba con desconfianza al hombre por temor de que "la confundiese con las otras"; el hombre reprimía su pasión bienintencionada por temor a las "mosquitas muertas" y se defendía contra salamerías, coqueteos y pudibundeces.

La separación de los sexos en los lugares públicos había sido tradicional en nuestro medio. Fue observada por varios viajeros anglosajones durante los albores de nuestra Independencia.

En tiempos de Rivadavia un periodista inglés notaba con sorpresa la existencia de las cazuelas y galerías de los teatros reservadas exclusivamente para el público femenino.

"Juntar en esta forma a las mujeres y separarlas de sus protectores naturales me parece" -juzgaba- "abominable."(53)

Pocos años después -1829- otro visitante de la misma nacionalidad se asombraba de que los cafés de Buenos Aires fuesen "frecuentados por la mejor sociedad de hombres exclusivamente".(54)

El correr de una centuria no modificó de manera substancial esa costumbre. Durante la segunda década del siglo XX un periodista francés no concebía que el porteño -soltero o casado- viviese la vida exterior sin compañía de mujer: la esposa, la novia, las hermanas quedaban, entre tanto, en casa...(55)

Las confiterías, los cafés, las lecherías, contaron con un recinto circunspecto para que los clientes acompañados de damas evitasen las miradas de los hombres que ocupaban el local principal.

"¡Somos una ciudad sin parejas!" -clamaba un distinguido humorista y hombre de ciencia. (56)


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