El Caracter Porteño - pág.10 - Folklore Argentino

--20210910 3322 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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9.Envanecimiento. Vida cómoda.

El orgullo nacional heredado de España y la certidumbre de que el Destino tenía la obligación de derramar sobre la República todos los dones imaginables, inclinaron al porteño al envanecimiento gestado en los albores mismos de la nacionalidad. En un poema, con juvenil altanería, se pide silencio a Esparta y a Roma porque "a la faz del mundo asoma la Gran Capital del Sur".
La jactancia porteña se muestra patente en la trova famosa de Carlos Guido y Spano:

"¡Qué me importan los desaires
con que me trata la suerte!
Argentino hasta la muerte,
¡he nacido en Buenos Aires!"

El caracter porteño

Charlatán callejero, en un baldío de Carlos Pellegrini. 1970.

Se ha dicho y repetido que nuestro defecto mayor ha sido la vanidad. Un norteamericano que nos visitó a fines del siglo XIX -Frank Cappenter- nos juzgó como los seres más fatuos del orbe. Nos interesaba saber, sobre todo, si el viajero distinguido estaba convencido de que Buenos Aires era la ciudad más grande del mundo.

"Aquí se piensa" -dijo- "que el sol y la luna se levantan y se acuestan solo para la Argentina..."(40)

Sin duda, la Capital manifestaba la fatuidad propia del adolescente que estrena sus primeros pantalones largos, como advirtió en 1910 un acibarado humorista español."(41)

Citemos otro inobjetable testimonio: Anatole France llegó a nuestro país el año 1909, invitado por el Conservatorio Lavardén para dar conferencias en el Odeón.

El tema que había elegido para desarrollar en ese ciclo -Rabelais- no interesaba al distinguido auditorio.

"¿Qué es lo que interesa a los argentinos?" -preguntaba el maestro con el alma atribulada. Un conocedor del ambiente le contestó, sencillamente: "Los argentinos." Bien...
"¿qué les causaría mayor placer oír?" Y respondió el informante: "¡Qué somos el primer pueblo del mundo; que el porvenir es nuestro; que no hay mujeres más bellas que las argentinas;... que somos ricos!..."

El discípulo de Voltaire se apresuró a hilvanar una alabanza al país, adaptando el pasaje de su relato "Sur la pierre blanche", en el que Gallón prevé la grandeza de las naciones nuevas que arrebatarían a Roma su hegemonía secular(42)

Treinta años después -1941- John Gunther expresó con crudeza: "Si usted compra a un argentino por lo que realmente vale y lo vende por lo que él cree que vale; se hará millonario..."(43)

Las doctrinas nacionalistas inspiradas en la Italia fascista de Mussolini asignaron a la Argentina la "misión histórica" de reconquistar el antiguo y desmembrado Virreinato del Río de la Plata y constituirnos en potencia dominante y rectora de la América Latina.

En 1929, Ortega y Gasset denunciaba la "vocación imperialista" del argentino de entonces. Y el citado John Gunther veía en el ambiente intelectual y político porteño tres orientaciones principales: un sentimiento nacionalista intenso; un ansia de mayordomía sobre Iberoamérica; un complejo de inferioridad que se trocaba en tremenda arrogancia respecto a los Estados Unidos.(44)

La gloria así entendida requería elementos que no abundaban en el alma ciudadana; idealidad pura, voluntad acendrada, solidaridad social, sacrificio en aras de la Nación. Ególatra, criado en una atmósfera de aprovechamiento material, el porteño común vivía como homo economicus, mirando para sí.

Había sustituido el espíritu heroico de la vida -de origen hispano-criollo- por una sensibilidad ansiosa de satisfacciones útiles, por un concepto hedonista de la existencia, por un dejarse ir, sin complicaciones, "cómodamente"...

Quería "vivir tranquilo", sin "meterse en honduras" ni en empresas estériles. Discutir era "calentarse para nada", e innovar, cosa de "chiflados". Lo mejor era "palpitar la vida desde afuera", y, a lo sumo, actuar comprometiendo lo menos posible la propia responsabilidad.

Hermann Keyserling volvió famoso el no te metás porteño al ser glosado de esta manera: "Si los consejeros de Dios hubieran sido argentinos, Dios no habría hecho el mundo porque le hubiesen dicho: NO TE METAS.

Señala Raúl Scalabrini Ortiz que esa norma -que él califica como "prevención trascendente"- ordena no intervenir -en asuntos que no sean estrictamente personales: "No te metás, que si te va bien no te lo agradecerán y si te va mal se reirán de vos. No te metás en apagar ese principio de incendio; no te metas a delatar ese contrabando..."(45)

El temor de "comprometerse" se traslucía en el lenguaje corriente, poco definido, blando, escurridizo, dejando siempre "algo a salvo", como en los escritos forenses, con empleo de futuros anteriores en vez de pretéritos simples: "habrá ido" por fue. El uso del "cómo no" en lugar del sí equivalía a "probablemente"; el ¡qué esperanza! significaba "tal vez no"...(46)

La entrañable belicosidad española y el coraje criollo se convirtieron en cómodo pacifismo. La vida sensual y los buenos negocios detestaban las convulsiones internas: querían sosiego y seguridad.

La única guerra aceptable era la que no envolviese al país -gracias al "no te metás"-, porque no solo podría permitir "balconear el espectáculo" y apostar al ganador, sino que, sabiendo aprovechar, podría rendir buenos beneficios...

Un novelista que estudió el momento vivido por Buenos Aires durante la última contienda mundial, dijo que "la mayoría trataba los graves y cruentos asuntos internacionales con la misma desaprensión que si se tratara de un partido de fútbol..." (47)

En última esencia, el no te metás provenía de un egoísta afán de independencia y formaba parte de la eudemonología de Sancho Panza y del Viejo Vizcacha. Las letras de algunos tangos se encargaron de difundirla por toda la ciudad:

"Aunque se caiga la Tierra en pedazos
hacete el gil y aguantá la guiñada;
dejá a la China que se trence con el Japón...
¡y vos no te metás en nada!..."(48)

"Sentate a balconear
ya que al final,
o bien o mal,
todo se va a arreglar.. (49)

Referencias:

(40) Martín García Méroú: Estudios americanos, primera serie, reedición, 1916, págs.93 y 94.
(41) Manuel Gil de Oto: ¡Y aquí traigo los papeles!, Barcelona, 1921, pág. 46.
(42) J. J. Brousson: Anatole France en la Argentina; itinerario de París a Buenos Aires, trad, española, Buenos Aires, sin p. de imprenta, págs. 201 y 202.
(43) John Gunther: El drama de América Latina, trad, española, Buenos Aires, 1942, pág. 279.
(44) José Ortega y Gasset: op. Cit., págs. 217. y 253.
(45) Raúl Scalabrini Ortiz: El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, 1931, pág. 72.
(46) Santiago Rusiñol: op. cit., pág. 150.
(47) Juan M. Prieto: Hombre sin destino, Buenos Aires, 1946, pág. 193.
(48) Tómala con soda, tango de Enrique Delfino.
(49) No hay que hacerse mala sangre, tango de Francisco Canaro con letra de Ivo Pelay.


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