El Caracter Porteño - pág.9 - Folklore Argentino

--20210910 3317 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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8.Certidumbre de fe en un futuro providencial.

La muchedumbre de oportunidades en el próspero medio bonaerense insufló en el alma del porteño un sentimiento ilimitado de confianza en el destino excelente de la nación.

El caracter porteño

"El bar", dibujo de Sanoy. Caras y Caretas, 1901.

Juan Agustín García señalaba entre los rasgos principales del carácter social rioplatense durante la época colonial "la fe en la grandeza futura del país".(33) Después se tuvo la seguridad de que los contratiempos económicos serían fácilmente vencidos porque "el país es rico"...

"Los países de América -escribía Alberdi al estudiar las crisis en el continente americano- tienen motivo para ser petulantes y confiados en su futuro... Deben su desarrollo natural y espontáneo a una fuerza vital de que están dotados por la naturaleza de sus condiciones de existencia excepcionalmente favorables..."(34)

El ambiente de casa de juego en el que vivió Buenos Aires durante varios períodos de su historia había habituado a la gente a las "subas" y a las "bajas": a los ciclos de bonanza seguidos de otros de depresión.

La aptitud del país para salir robustecido tras los lapsos críticos dio pie a la esperanza alentadora de que "a la corta o a la larga todo se iba a arreglar por sí solo".

Como el americano en general, el argentino nacía y se desarrollaba en un medio exento de un pasado agóbiador. Vivía el presente sin conmoverle lo que había pasado: en vez de nutrirse de recuerdos se proyectaba hacia el futuro y lo gozaba de antemano como actualidad.

Han sido muchos los psicosociólogos que analizaron esa característica.

Ezequiel Martínez Estrada la estima como reacción contra un ayer deslucido desde el punto de vista individual y colectivo. "Como más vale no mirar atrás" -dice- "en la historia ni en la genealogía, lo más cuerdo es mirar hacia adelante... Nuestro futuro está compuesto de la fuga desde el pasado: es el temor de volver el rostro y convertirse en sal..."(35)

Ortega y Gasset consideró al argentino como "hombre promesa". "Casi nadie está donde está" -percibió- "sino delante de sí mismo, muy adelante, en el horizonte de sí mismo; y desde allí gobierna su vida de aquí, la real, la presente y efectiva".(36)

Hermann Keyserling vio en la ufanía nacional el origen de esa peculiaridad. "Todo el porte del argentino medio expresa la conciencia" -advirtió- "de pertenecer a un país rico y preñado de porvenir... Vive representando una proyección de sí mismo en el futuro, lo que, por un lado, le hace más ambicioso y más capaz de progreso que los demás suramericanos, y, por otro, en caso de disposición inferior, le pone en peligro de caer en el rastacuerismo."(37)

Indudablemente, el "futurismo" del argentino provino del goce de la abundancia y de la comprobación de la riqueza potencial del país, fortalecido por el estupendo progreso de fines de siglo XIX y principios del XX. Los comerciantes ponían al frente de sus almacenes, tiendas y "casas de ramos generales" denominaciones entusiastas como: "El luchador", "El adelanto", "La confianza", "El porvenir", "El triunfo".

Adolfo Posada, quien visitó el país en 1910, cuenta que, al mostrarse admirado por el ímpetu constructivo de los pobladores, éstos, exaltados, pero no satisfechos, replicaban: "Sí... pero todavía nos falta algo ..." (38)

Parecidos sentimientos envolvían las frases que registró el ya mencionado Jules Huret en sus memorias de viaje durante el mismo lapso: "¡Si usted hubiera visto esto hace treinta años!... ¡Verá usted cuando el Congreso esté terminado, cuando las avenidas lleguen al río y las calles se vayan ensanchando! Ya verá el palacio de Bellas Artes que construiremos aquí; la soberbia estación que edificaremos allá..."(39)

Los porteños se disponían a realizar portentos a una edad en la que el joven sensato empieza su instrucción secundaria. Por lo pronto, el argentino se consideró superior a todos los países suramericanos, a los que dispensaba una mirada por encima del hombro.

Allá por la cuarta década del siglo XX, se enorgullecía de poseer el 15,3 % de la superficie de América del Sur; el 14,2 % de la población; el 43 % del comercio; el 54 % de la longitud de sus líneas férreas y el 57 % de los pasajeros transportados por ese medio; el 46 % del número de aparatos telefónicos; el 60 % de las cartas y telegramas expedidos por el Correo; el 55 % del papel para impresiones; el 57 % de las sumas invertidas en educación; el 50 % del consumo de petróleo; el 60 % de los aparatos de radiotelefonía, y el 55 % de los automóviles...

Lamentablemente, la súbita prosperidad volvió al porteño tan ufano que creyó a ciegas que el porvenir venturoso le esperaba como un regalo de Dios y de la Nación, sin exigirle mayores deberes y sacrificios. Y pasó sus días viviendo a crédito del "mañana"...

Referencias:

(33) Juan Agustín García: op. cit., pág. 7.
(34) Juan Bautista Alberdi: Estudios económicos, Buenos Aires, La Cultura Popular, 1934, pág. 349.
(35) Ezequiel Martínez Estrada: Radiografía de la pampa, t. II, Buenos Aires, 1942, págs. 201 y 202.
(36) José Ortega y Gasset: op. cit., págs. 201 y 202.
(37) Hermann Keyserling: Meditaciones sur americanas, trad, española, ed. Zig-Zag, Santiago de Chile, págs. 111 y 112.
(38) Adolfo Posada: opi cit., pág. 76.
(39) Jules Huret: op. cit., pág. 60.


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