El Caracter Porteño - pág.8 - Folklore Argentino

--20210910 3335 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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Ese disponible rencor tuvo su articulación felicísima en el imperativo ¡sufra!, que se ha retirado de las bocas, no de las voluntades.

Es significativa también la interjección ¡toma!, usada por la mujer argentina para coronar cualquiera enumeración de esplendores -verbigracia, las etapas opulentas de un veraneo-, como si valieran las dichas por la envidiosa irritación que producen..." (29)

El caracter porteño

Pareja francesa bailando el tango. Fray Mocho, 1914.

El tango fue diligente portavoz de ese sentimiento. Convirtió el filosófico memento mori y la espiritualidad de las coplas famosas de Manrique en vengativo desquíte contra los bienes sensuales que gozaban otros y le eran negados a uno:

"Los años caminan,
se van como bochas
al bochín arrimando,
rodando... rodando.
Por grande que haya sido
tu fama, tu pinta o pasar,
aunque tengas seguro de vida,
¡vos también vas a sonar!" (30)

Referencias:

(24) Santiago Rusiñol; op. cit., pág.253.
(25) Avelino Herrero Mayor: Lengua, diccionario y estilo, Buenos Aires, 1938, pág. 174.
(26) Luis María Jordán: Cartas de un extranjero, Buenos Aires, 1924. pág. 92.
(27) Vicente Blasco Ibáñez: La Argentina y sus grandezas, Madrid, 1910, pág. 430.
(28) Roberto J. Payró: Las divertidas aventuras de un nieto de Juan Moreira, Buenos Aires, 1911, pág. 16.
(29) Jorge Luis Borges: Discusión, Buenos Aires, 1932, pág. 15.
(30) ¡Vos también vas a sonar!, tango de Francisco Canaro. Del mismo compositor, v. el tango ¡Sufra!, con letra de Juan A. Caruso.

7.Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.

El ansia de llegar desencadenó una ola de grosero acometimiento. La rudeza de las pampas se convirtió en atrepellada porteña.

El caracter porteño

Un vigilante dirige el tránsito. PBT, 1906.

La norma de "primero yo" indujo a quebrar las buenas maneras que imponía la convivencia social. "Aquí" -observaba Rusiñol en 1910- "cada hombre vale por tres cuando se trata de hacer pesos, y se reduce a una tercera parte cuando se trata de cortesías... (31)

El porteño que regresaba a Buenos Aires después de haber permanecido una temporada en cualquier ciudad o pueblo chico de tierra afuera se dolía de la falta de respeto y la brusquedad con que los habitantes de nuestra gran capital se trataban unos a otros.
La gentileza de los modales y la cordialidad en el trato que la hidalguía española había trasmitido al criollo degeneraba en hosquedad e inconducto hacia el prójimo.

Durante los años de la Colonia y del Virreinato, la "clase decente" llamó guaranga a la "gente de medio pelo" que se desprendía de su órbita para adoptar las maneras superiores confiando en que llegarían a dominarlas con facilidad.

El orillero compadrito recibió el mismo calificativo cuando imitaba a la "gente bien" y solo conseguía "mostrar la hilacha", y fastidiar.

En los tiempos de Rosas el guarango había sido generalmente el mulato que copiaba los defectos del blanco y carecía de las virtudes de! negro, al cual despreciaba.

Después de la Organización Nacional se aplicaron los sambenitos de "indio con levita" y "negro con galera de felpa" a los nativos enriquecidos y fatuos que porfiaban por llamar la atención y sumarse a la clase distinguida.

De esa manera, la idea de guarango pasó a comprender no solamente al plebeyo ostentoso de las ciudades sino al nuevo rico argentino o extranjero que se radicaba en la Capital para codearse con la aristocracia, ver doctorados a sus hijos varones y hallar novios para las hijas en los bailes de los clubes distinguidos; es decir, se aplicó aquel término al que por su riqueza estaba en la "buena sociedad" sin pertenecer a ella y en donde hacía un papel detonante o francamente ridículo.

Al creer que el dinero lo podía todo, porfiaba por comprar categoría social sin advertir que si tenía por aliada a la riqueza, los enemigos eran su propia rusticidad, la falta de educación y sus pésimos gustos.

El afán de llamar la atención impulsó al guarango -pobre o rico- a presumir de elegancia; a preferir las formas y colores estridentes; a mostrar una cortesía exagerada; a tomar la ofensiva en cualquier oportunidad.

Consciente de su falsa posición en el ambiente extraño en el que quería brillar, se quitaba a veces la máscara de urbanidad y se jactaba de ser un inculto para sobreponerse a las humillaciones y vengarse de los que le enrostraban su cuna, sus deficiencias y sus pretensiones. De esta manera, el guarango apareció como un resentido que echaba mano de la guarangada para mortificar a los de arriba y nivelar hacia abajo.

El transcurso del tiempo fue creando otras formas de la misma especie en muy diversos ambientes de Buenos Aires. Ortega y Gasset descubrió en la tercera década del siglo XX al guarango de los círculos, universitarios, el cual, deseoso de ser algo superlativo y al no ser reconocido como futuro vencedor, tomaba el hábito de adelantarse al triunfo y mostrarse agresivo para compensar su inferioridad.

"Iniciará la conversación con una impertinencia -observaba Ortega- para romper brecha en el prójimo y sentirse seguro sobre sus ruinas. Fingirá tácitamente no reconocer miramientos, ni distancia, ni rangos, ni reglas de trato", para trepar a la meta de sus ambiciones...(32)

El término guarango fue cayendo en desuso. Vale la pena reflexionar sobre ese hecho. La grosería consiguiente al advenimiento de las masas al ámbito ciudadano, tampoco reconoció "miramientos, ni distancia, ni rangos, ni reglas de trato"; y careció de sentido aplicar el mencionado sustantivo o calificativo a persona determinada alguna.

Al pasar el tipo excepcional a poco menos que común, el guarango de otrora se convirtió en el hombre adaptado al mínimo de condiciones de urbanidad que se exigía del prójimo en los años que corrían. Vino a ser, simplemente, un "mal educado", un ordinario...

Referencia:
(31) Santiago Rusiñol: op. cit., págs. 166 y 167.
(32) José Ortega y Gasset: op. cit., pág. 262.


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