El Caracter Porteño - pág.5 - Folklore Argentino

--20210910 3318 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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5.Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.

El caracter porteño

El caracter porteño

Carritos de lechero y aguatero.

Los ideales económicos de los hombres de Mayo y de los proscriptos de la tiranía; el ímpetu progresista de los promotores de la Organización Nacional; y el positivismo de los representantes de la generación del Ochenta, facilitaron la introducción de inmigrantes, capitales y empresas que explotaran las riquezas naturales del país para situarlo entre los más adelantados del mundo.

Las clases dirigentes subordinaron casi todos los bienes al valor económico. "Es el positivismo en acción" -dice Alejandro Korn-; y prosigue: "se liga a esta influencia el desarrollo económico, el predominio de los intereses materiales, la difusión de la instrucción pública, la incorporación de masas heterogéneas, la afirmación de la libertad individualista.

Se agrega como complemento el despego de la tradición nacional, el desprecio por los principios abstractos, la indiferencia religiosa, la asimilación de usos e ideas extrañas..." (10)

Después del año 1880 la inmigración acreció en cantidad tal que superó a la población nativa.

Buenos Aires pudo mantener durante muchos años una proporción casi igual de extranjeros y de argentinos gracias a que, de acuerdo con la doctrina del jus solí adoptada por las leyes, los hijos de extranjeros nacidos en el país son argentinos nativos (11)

Año Argentinos Extranjeros

1879 89.661 88.126
1887 204.734 228.651
1895 318.361 345.593
1904 523.041 427.857
1910 670.513 544.185
1914 797.069 777.845

Italia aportó la mayor parte de la inmigración. España cubrió el resto, entre otras naciones de Europa. Desde 1914 se acentuó la llegada de naturales de países no latinos: turcos, árabes, sirios, rusos, polacos, alemanes, suecos...

"Ganar mucho dinero: venirse a América, en donde le haya a paletadas, y agacharse y coger un puñado y volver a agacharse y llenarse los bolsillos y llenar unas arcas que traería..." había sido a fines del siglo pasado el sueño de Juanillo, el personaje central de una de las mejores novelas de Carlos María Ocantos.(12)

El caracter porteño

El Mercado de San Telmo, situado en el corazón de ese barrio. 1970.

Menos cándido y más inescrupuloso era el italiano Luigi Pietra del relato de Luis María Albamente Puerto América, el cual había venido a Buenos Aires para ganar plata de cualquier manera: vivía "ahorrando hasta los deseos" (13) y acumulaba centavo sobre centavo a costa de la Imprevisión general.

En el excelente sainete Ganarse el pan (1907), de Pedro E. Pico, un inmigrante español se rebela contra el lema de sus connacionales respecto de la conducta que se debía llevar en tierras de América: "Ganarse la vida es saber amontonar dinero y nada más: y para conseguirlo es menester pasar por todo, sonreírle a todos, decir amén a todo. ¡Y si la vergüenza queda en el camino, no importa! La cuestión es llegar... ¡Ganarse la vida!"

Dos años después -1909- Carlos M. Pacheco presentaría en el memorable sainete "Los fuertes" el Hotel de Inmigrantes bullente de recién llegados, con algarabía de idiomas y ansias de "hacer oro"; así como las recovas del antiguo paseo de Julio, con sus locales de remates, cambalaches, agencias de navegación, cambios de moneda y conchabos de todas clases...

La ciudad abría los brazos a quien llegaba sin preguntarle qué había sido ni cómo era: bastaba que tuviese ganas de trabajar. Si triunfaba honestamente, ¡bienvenido!; si medraba con artimañas, ¡bienvenido también! Lo importante era que resultara útil y que no fuese sonso..

Los conventillos porteños sirvieron de albergue a los recién venidos dispuestos a "ganar el peso" para subsistir y luego para "hacerse valer": persuadidos de que "el dinero todo lo puede", ansiaban desquitarse de las privaciones, padecidas en sus patrias y de la inferioridad en que los situaba la pobreza, la soledad y el desconocimiento del idioma o del ambiente de la ciudad.

El caracter porteño

Conventillo en San Telmo, Buenos Aires, 1880.

Los inmigrantes luchaban en la capital de un país en el que, como hemos dicho, casi todo giraba en torno de los valores económicos: campos, ganadería, terrenos, casas, tráfico mercantil, operaciones bursátiles.

Los dueños tradicionales de la tierra veían multiplicados los precios de sus heredades; y los indigentes querían participar de la enorme y súbita prosperidad general.

"Recuerdo haber notado" -expresa Jules Huret, quien nos visitó el año 1910- "que no puede imaginarse una conversación entre yankees sin que se mezcle en ella la palabra dollar; y pienso que no es menos difícil que dos argentinos sostengan una conversación sin pronunciar la palabra peso. Y ¿cómo podría ocurrir otra cosa en esos países cuyos habitantes emigrados de su patria no fueron allí sino por el incentivo del enriquecimiento rápido?" (15)

Otro amable ingenio que nos conoció con motivo del Centenario de la Emancipación, don Santiago Rusiñol, observó en forma similar la atmósfera cartaginesa del Buenos Aires de entonces:

"En todas partes -escribe en su sabroso relato de viaje- se persigue el peso. En todas partes se lo busca, pero aquí se abusa de él. Id por las calles y estad seguros de que en los trozos de conversación que vayáis recogiendo al paso, en cada diez palabras van cuatro pesos; hablad con algún conocido y al cabo de un momento os explicará que ha venido aquí a hacer pesos; mirad los escaparates y al lado de todo veréis el peso correspondiente.
Hay quien valúa a los hombres por pesos, y la caza del peso os persigue y convierte a la ciudad en una inmensa boletería, en un gran mercado, en una inmensa feria, en un juego de arrancacabellos en los que cada cabello valiese un peso y jugaran todos a ver si consiguen dejarse calvos los unos a los otros..." (16)

La vida se vivió como negocio. Las familias aristocráticas y opulentas "hacían plata" y se daban prisa para derrocharla én Europa.

Los inmigrantes prósperos aprovechaban las ventas voluntarias o forzosas de los manirrotos para invertir sus capitalitos disponibles.

El caracter porteño

"Confidencias", dibujo de PBT, Nro.95, julio de 1906.


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