El Caracter Porteño - pág.4 - Folklore Argentino

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Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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4.Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires.
Abundancia general.

Históricamente, Buenos Aires nació como puerto forzoso del Río de la Plata y creció bajo un invariable signo cosmopolita y mercantilista. (3)

La actividad principal de su población durante los siglos XVII, XVIII y XIX -1.500 habitantes en 1641; 10.000 en 1744; 22.000 en 1766; y 41.000 en 1810- fueron los negocios en gran escala o al menudeo, lícitos o clandestinos.

La falta en el territorio de algún imperio fabuloso en donde se pudiera recoger el oro a paletadas y el hecho de que no fuese considerada indigna la actividad comercial, convirtieron a la ciudad en un mercado pleno de tenderos, pulperos, registreros, especuladores y contrabandistas.

El caracter porteño

El caracter porteño

Un organillero y un vendedor de verduras, tipos característicos de Buenos Aires.

"No había casa en donde no se vendiera algo" -informa don Fernando Barrero, cronista del siglo XVIII. Hasta las familias de la "clase decente" vendían frituras, manzanas y golosinas por medio de sus esclavos que recorrían las calles con ese fin.

Al acercarse la época de la Emancipación, la burguesía de hacendados y comerciantes nativos descubrieron en las ideas liberales de la España de Carlos III la llave del éxito en los negocios y apoyaron después a la Revolución de Mayó, para evitar las trabas del sistema monopolista que había favorecido especialmente a los españoles con "registros" y "permisiones" en perjuicio de la libre exportación de la producción agropecuaria en manos de los criollos.

El notable estudio de Juan Agustín García acerca de la vida del país durante los siglos XVII y XVIII (4) revela la inescrupulosidad de los vecinos de Buenos Aires ante las normas jurídicas.

La violación de las leyes, convertida en uso y costumbre, era practicada, en primer lugar, por los propios gobernadores, los cuales ponían reverentemente las reales cédulas sobre sus cabezas, les besaban en seguida y juraban: "Se acata, pero no se cumple..."

Seguían el ejemplo los comerciantes defraudadores del fisco, los jueces venales y los funcionarios cómplices de las asociaciones de contrabandistas.

Se vivió durante tres siglos en una atmósfera de ocultaciones, fraudes, cohechos y truhanerías. El bien público fue un sentimiento casi ausente en la comunidad.

Lo comprobó Manuel Belgrano a través de los comerciantes que lo acompañaban en el Consulado, y para quienes -decía- "no había más razón, ni más justicia, ni más utilidad, ni más necesidad que su interés mercantil..." (5)

Los terratenientes monopolizaban las extensiones arables próximas a la ciudad y las arrendaban a elevado precio; los agricultores ocultaban sus cosechas para eludir la exacción fiscal; y los comerciantes acaparaban los artículos de consumo para venderlos con mayores ganancias...

Contrariamente a lo ocurrido en los virreinatos de México y del Perú -con aristocracia, cortes y universidades-, los orígenes de Buenos Aires fueron populares y democráticos.

Paulatinamente se fue gestando una estimativa desdeñosa de los valores considerados superiores en la Metrópoli -estirpe, títulos, blasones-; y los pocos nobles residentes ocultaron a menudo sus pergaminos para no entorpecer la buena marcha de sus negocios.

En ese ambiente escaso de fuertes minorías selectas, la gente de los suburbios tendió al "bagualismo"; y sus costumbres y su lenguaje retrogradaron culturalmente, como hemos demostrado en otro lugar. (6)

Si Buenos Aires careció de refinamiento, contó, en cambio, con la abundancia de la carne proveniente de la multiplicación portentosa de la riqueza ganadera.

En cartas y memorias, los viajeros del siglo XVIII se admiraban de la profusión y baratura de los vacunos.

El padre Gervasoni advertía en el año 1729 que en los arrabales porteños "se encuentran por todas partes bueyes recién muertos; ...cada uno toma la parte que quiere y el resto se deja a los perros..."(7)

En forma coincidente el padre jesuíta Miguel Herre declaraba que era tan enorme la cantidad de animales en los contornos de la ciudad que "más cuesta la condimentación que la misma carne".(8)

Por su parte, Concolorcorvo refiere en 1773 que "en la casa más pobre les sobra la carne"; añade que las reses eran transportadas desde los mataderos hasta la ciudad en carretas; "y si por accidente se resbala, como he visto yo" -dice- "un cuarto entero, no se baja el carrero a recogerlo aunque lo advierta, y aunque por casualidad pase un mendigo, no se lo lleva a su casa porque no le cueste el trabajo de cargarlo..." (9)
Esa deleitosa peculiaridad porteña habría de mantenerse durante todo el siglo XIX.

Bajo el signo de la abundancia alimentaria, de la afición mercantil y del escaso interés por el bien común se fue asentando el aluvión inmigratorio durante la segunda mitád del siglo XIX y los primeros años del XX.

Referencias:
(3) Domingo F. Casadevall: Examen del arrabal porteño en el teatro nacional (en vías de publicación).
(4) Juan Agustín García: La ciudad Indiana, Buenos Aires, 1909.
(5) Manuel Belgrano: Autobiografía, reedición, Buenos Aires, 1942, pág. 17.
(6) Domingo F. Casadevall: "El lenguaje y el carácter nacional", La Prensa, Buenos Aires, ?20 de mayo y 26 de junio dé 1960.
(7) Buenos Aires y Córdoba en 1729, según las cartas de los padres C. Cattaneo y C. Gervasoni S. J.; reedición, Buenos Aires, 1941, pág. 204.
(8) Juan Muhn, S. J.: La Argentina vista por viajeros del siglo XVIII, Buenos Aires, 1946, pág. 42.
(9) Concolorcorvo: El lazarillo de ciegos y caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, reedición, Buenos Aires, 1942, pág. 34.


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