El Caracter Porteño - pág.2 - Folklore Argentino

--20210910 3326 Visitas

Hay un carácter porteño. Está hecho con los mil y un ingredientes que durante medio milenio aportaron los aventureros descubridores, los criollos que fundaron lo argentino, los inmigrantes que aquí vinieron a sentar sus reales y, en fin, por los muchos hombres de buena voluntad que quisieron poblar este suelo. De tal entrevero de nacionalidades, lenguas y culturas surgió un hombre diferente, personaje típico de nuestra “gran ciudad”, cuyos rasgos de carácter fundamentales conforman la personalidad del porteño.
  1. El carácter porteño anterior a 1940. Historia y arte.
  2. El mito de “El hombre que está solo y espera”.
  3. Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo
  4. Orígenes populares, cosmopolitas y mercantilistas de Buenos Aires. Abundancia general.
  5. Ganar mucho y pronto. En pos del éxito.
  6. Improvisación. Agitación. Audacia. Desubicación. Resentimiento.
  7. Inurbanidad. Evolución de la guaranguería.
  8. Certidumbre de fe en un futuro providencial.
  9. Envanecimiento. Vida cómoda.
  10. Erotismo. Soledad.
  11. Emotividad. "Pálpito”. Gana.
  12. "Viveza”. Confianza en el azar. Entusiasmo.
  13. Buenos Aires, puerto privilegiado, porteño malcriado. Insatisfacción
  14. Apariencia de superioridad. Figuración. Doctorismo.
  15. Representación. Inseguridad. Susceptibilidad. Temor a caer en la ridiculez.
  16. Uniformidad. Vida defensiva. ¿Tristeza?.
  17. Vida exterior. Falta de “seriedad”. Inautenticidad.
  18. Imitación. Caricatura.
  19. En pos del ser porteño.
  20. Individualismo. Amistad. Incultura cívica.
  21. Personalismo político. Estado providencial.
  22. Aproximación al porteño de hoy.
  23. Conclusión.
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Sin embargo... ahí no más, aja vuelta de alguna esquina o en los "estaños" de los almacenes de San Telmo, de Puente Alsina, de Villa Crespo, podía observar más de un ejemplar de guapo y de compadre que eran réplicas suburbanas de la gente criolla de tierra afuera.

Herederos de las costumbres localesb antieuropeos, vivían acorazados en el ayer y se defendían del presente renovado que los había convertido en seres anacrónicos en su propio ambiente.

Manifestaban las características hispano-criollas del gaucho y del orillero: egolatría y altivez: apatía y resignación ("¡no hay nada que hacerle, che!..."); frugalidad y falta de ambiciones; confianza en el azar y dignidad ante el infortunio ("hay que tener clase para ganar y para perder"); malicia suspicaz ("andar prevenido"); indulgencia ante las faltas ajenas ("¡no juzgués... no te metás!..."); fruición ante el fracaso del ambicioso o del "que las sabía todas" y "que le ganaba a todo el mudo"; desprecio por los "engrupidos" y "faroleros", y valoración del ser íntimo de cada uno; estima por el "hombre derecho"; desconfianza en la mujer; culto de la amistad y de la valentía; amor por las cosas de la tierra y del barrio; soberano desdén por las novedades de gringos y de yanquis...

El caracter porteño

Diariero, dibujo de Fly. Fray Mocho, 1907.

Ese hombre indolente que vivía de los recuerdos, de los amigos influyentes, del juego y del comité, era un descreído con amor a la tierra; un místico sin fe en el cielo; un estoico sin voluntad; un caballero anticuado y reaccionario en la hora del tranvía eléctrico y del agua corriente; un fatalista ansioso de hacer su real y santísima gana mientras le fuese permitido...

Ultraconservador, solitario y resentido, esperaba la vuelta del Siglo de Oro del arrabal criollo, así como los gauchos de los tiempos de Martín Fierro añoraron los años del gobierno dé Rosas.

Del barro y del alma de ese "hombre que está solo y espera" -que no tenía nada de porteño céntrico-, Raúl Scalabrini Ortiz creó, allá por el año 1930. El hombre de Corrientes y Esmeralda. Sin estilo propio, el hijo de inmigrantes ansiaba convertirse en perfecto hijo de Buenos Aires; y se apoderó de aquella imagen de extramuros transformada en efigie urbana.

El descendiente de extranjeros que había desalojado al compadre de su condición de dueño de casa se esforzó por sustituirlo adoptando su figura y su conducta aunque fuese en forma macarrónica o cocoliche. Hizo tan suyo aquel espíritu que acabó por sentirlo como propio e intransferible. Entre estos "nacionalistas" de nuevo cuño hubo quienes se refirieron a los próceres de la historia argentina como si fuesen sus antepasados, y hablaron con la mayor naturalidad de "la sangre gaucha que corre por nuestras venas"...

El mito de "El hombre de Corrientes y Esmeralda" comprueba dos cosas fundamentales: el enorme poder asimilador de la sustancia hispano-criolla de lo argentino y el hecho de que el porteño de ascendencia italiana -que repudiaba lo que era gringo o gaita- rendía pleitesía, sin saberlo, a un ídolo que, como hemos de analizar en seguida, reunía las cualidades y los defectos del español clásico, y cuya idiosincrasia, maneras, creencias, costumbres y lenguaje, pervivían en el ambiente suburbano de Buenos Aires.

Demos ahora una ojeada a los orígenes hispánicos del carácter que heredó el criollo rural y el poblador de las orillas, así como su transformación por obra del influjo europeo.

3.Hispanidad, criolledad y europeísmo en el carácter porteño. Desarraigo.

El caracter porteño

Inmigrantes de distintas nacionalidades. Archivo General de la Nación.

No cabe duda de que los argentinos somos un modo de los españoles, tal como éstos constituyen una forma de los latinos merced a la dominación de Roma en la península ibérica.

No exageró don Miguel de Unamuno cuando dijo que "la Argentina también es España, pese a quien pesare, y mucho más España de lo que los mismos argentinos se imaginan..." (2)

La índole de este ensayo no permite un análisis prolijo del ser español desde sus orígenes hasta la época de la conquista y colonización de América.

El caracter porteño

Casa de Inmigrantes, Puerto de Buenos Aires, 1880.

Bastará señalar que nos enfrentamos a un carácter de una sola pieza, sin claudicaciones, entre cuyos elementos principales encontramos los siguientes: una orgullosa sobreestimación del yo ("antes de mí, ninguno") y el afán de ser él mismo: la subjetividad intransigente; el individualismo anárquico y belicoso ("cada hombre un rey"... "contra esto y aquello"); la cortesía y el trato servicial sin renunciar un ápice a la personalidad; el amor a la tierra (al terruño); el respeto de la hombría y de los merecimientos propios sobre las prerrogativas y títulos nobiliarios ("no se es hijo de los blasones sino de las obras"); la llaneza y la igualdad humana ("de hombre a hombre no va.nada"); la "negra envidia" ante el triunfo ajeno; la lucha de lo ético contra lo erótico y de la honestidad contra la picardía; la emotividad, la pasión y el ímpetu sobre la reflexión lógica, el acto deliberado y la labor metódica; el culto dé la dignidad, de la valentía y de la amistad; el catolicismo pragmático, como discipliné interior y como instrumento de unidad nacional; la aptitud para soportar estoicamente el infortunio; la confianza en la suerte y la afición a los juegos de azar; la sociabilidad y la política fundadas en razones de orden afectivo y personal y no por amor a las ideas o a las instituciones; la falta general de interés por los bienes materiales y las vanaglorias como elementos primarios de la existencia.


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