El Conventillo - pág.20 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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Otra Vez Literatura

El Conventillo

Conventillo de San Telmo, 1962. Archivo General de la Nación.

El conventillo, ya lo hemos visto, impresionó desde temprano a escritores y poetas.
Duro, con languidecimientos pero sin eclipses, el conventillo se vio fortalecido en su falsa agonía por el coletazo inmigratorio de las décadas 1920 y 1930, e inclusive le quedaron fuerzas para engendrar una prole vergonzante que se apresuró a negarlo: las casas de departamentos, "cabeza de palacio, cuerpo de conventillo", como dijo el poeta Gustavo Riccio.

1921: Borges ha regresado de Europa y comenzado su fundación mitológica de. las calles y los arrabales porteños. El criollismo adquiere dimensión estética.

Juan Palazzo, un muchacho desconocido que comparte el credo estético y social de los Artistas del Pueblo, publica un libro tierno y desolador: La casa por dentro, en el que refluye el conventillo babilónico, con su cohorte de buhoneros, prostitutas, enfermos incurables y parias de todas las procedencias, "pintoresco y terrible, luminoso y sombrío, alegre y trágico", mundo brumoso y dual, paradigma de una "miseria" frente a la cual se eleva, como única respuesta, el sufrimiento del artista.

Palazzo describió en "Un visitante nocturno" el submundo de los marginales que rondan el conventillo:

"Llegaba invariablemente a la misma hora, con Ja bolsa montada en hombro y una mano puesta en el bolsillo. ? Era la suya una figura que movía a compasión: todo flaco, jiboso, pigmeo. Un amplio sombrero escondía su cara de perfil afilado. Su pecho formaba un pequeño saliente oval.

"Yo lo miraba noche a noche, en el oscuro zaguán de casa, cuando hundía la cabeza en los cajones repletos de basuras, mientras sus manos ágiles y grandotas iban a la zaga de los paneles.
A veces interrumpía de súbito la muy puerca rebusca, y apoyándose contra la puerta, comenzaba a toser, procurando, vanamente, contener los accesos bruscos.
Era al principio una tos ronca, estallante; luego, entrecortada; después, débil, lenta, recóndita, muriente, cuyas variaciones al repercutir en el ámbito del corredor, parecían los bramidos lastimeros de un perro que llama en el reposo de la alta noche. De verdad, pobre hombre.
¡Cómo desesperaría al verse así, tan deforme, tan enfermo, tan poca cosa!

"Más tarde supe su vida, vulgar como casi todas las vidas, pero plena la suya de sufrimientos. Era solo en el mundo, y nunca había conocido el calor de un corazón amigo, el afecto de la familia o el amor de una fulana que siempre encuentra cualquier hombre.

"Vivía al margen, a la expectativa de las sobras que solían darle en los fondines. Aquí recibía un trozo de pan, allá una moneda o un cigarrillo.
Durante el día ambulaba por los alredédores del puerto, en continuo codearse con borrachos, con trajinados, con atorrantes, gentes que, como él, no representaban nada en la baraúnda del circo social. Tarde en la noche, se escurría por una angosta cortada, que en verano olía a género, a jabón exacerbante, a grasa, a cebolla frita, a tienda árabe.Allí tenía su rincón, en un ángulo de paredes que por lo menos le evitaba morirse de frío.

Así siguió varios años, chapoteando el lodo de su existencia miserable, sin caer, más porque ya había caído por completo.

"Estaba seco y enfermo del pulmón. Cada semana enflaquecía tanto que era una enormidad. Para atender a su salud quiso someterse a un trabajo. Vano intento. Le faltaba el tuétano poderoso: la energía.
Sús manos, tan grandes, no resistían el menor peso. Además, era enano, fragmentario. Todo iba en desfavor suyo. Entonces imitó el ejemplo de otros. Empezó a pisotear calles, especialmente las céntricas, mirando a diestra y siniestra los umbrales y rincones. En donde encontraba desperdicios, deteníase. A veces sentía repugnancia, otras veces no. ¡Ah!, pero el mal olor, el olor pestífero se respiraba en todas partes, lo mismo en la urna plomiza de la casa rica como en el largo baúl de los conventillos.

"Al amanecer giraba hacia el Paseo de Julio, ya rendido, somnoliento, con la boca amarga y los labios secos. Allí, un hombre grueso, sucio, revisaba desconfiado la papelería; la pesaba y, entre refunfuños y maldiciones, arrojaba la bolsa al carro.
Desde arriba, otro hombre, también grasiento y ventrudo, vaciaba el lienzo, y lo devolvía al papelero junto con unas monedas.

"Siempre como siempre se oían insultos, regateos, amenazas.

"Un centenar de hombres, en su mayoría escuálidos y alcoholistas, llenaba, la calle esperando turno. Permanecían inmóviles, algunos fumando; otros, estoicos, viendo fumar; otros con los ojos entornados; otros sentados en cuclillas; otros durmiendo; otros hablando con monosílabos; otros rascándose de abajo a arriba y viceversa; y cuando alguien prorrumpía en quejas contra el tirano, todos despertando de ese ancestral embrutecí miento, alzaban los puños, rugían, aullaban, blasfemaban con el odio, el desprecio y la, rabia del menesteroso; del desesperad,o, del vencido, del que jamás tuvo nada.

"En ocasiones contendían entre ellos. Al ´menor descuido, desaparecía una bolsa. El ladrón andaba por ahí, escondiéndose, alejándose. El otro seguía sus pasos, le corría dando vueltas; se paraba, volvía á correr, hasta atraparlo. A la disputa de derechos, sucedía la violencia, triunfando el más fuerte.

"Luego se desparramaban en grupos, hacia el río, hacia las bodegas, hacia sus escondrijos. El, con dos compañeros, subía la cortada, entrando en la piecita de un conventillo.

"Sin embargo, el tardío cambio no le ofrecía ningún encanto, ninguna me jora. Vivía en un cuartucho húmedo, de techo bajo y atmósfera sofocante La implacable tos convulsionaba su cuerpo, robándole el sueño, la calma. No podía dormir mucho.
A la hora despertaba sobresaltado, sudoroso, presa de fiebre, el cerebro débil, mientras el corazón tocaba a rebato én la insonora campana de su pecho. Entonces, su conciencia le decía incesante, inexorablemente, que dentro de poco iba a morir, sin tener a nadie a su lado.

Los amigos de pieza dormían siempre, como animales; ajenos a su dolor. Y luego, en una ambulancia, llevarían sus restos y lo arrojarían a cualquier parte, basura de su última basura. Y luego de él no quedaría, nada, nada ... En esos instantes, lé ardía la garganta y redoblaba la tos.

"Las noches eran frías, terriblemente frías. El hombrecito venía con un pañolón al cuello que le cubría mitad dél rostro. Tiritando se acercaba a los cajones. En seguida partía, desapareciendo ligero por la vereda desierta a esa hora.

"-Usted está mal -le dije en una oportunidad.

"-¡Cuándo me éncontré bien! -exclamó con asombro y emoción.

"Desde aquel momento, dejó de acudir hoche a noche. A lo sumo aparecía cúatro o cinco veces por semana. Después, menos. Después, de cuando en cuando, como de escapada.

"La última vez que lo vi, quiso conocer el fondo del caserón. Era una noche rumorosa, de luna, y los vecinos habían cerrado sus puertas. Adentro, miseria; afuera, la desnuda belleza del patio.

A medida que avanzábamos, salían de su boca frases extrañas de júbilo pueril.


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