El Conventillo - pág.17 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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El Conventillo

Escena de conventillo. Dibujo de Villalobos. Caras y Caretas. 1902.

Tampoco le faltaron al conventillo sus reformadores solitarios. Fernando Monsalvat, el personaje de Nacha Regules (1919), de Manuel Gálvez, traduce en el plano de la ficción, con su voluntarismo ingenuo y misticista, cierto estado de crisis de la conciencia burguesa que trata de mitigar su culpa a través de un humanitarismo de, raíz eminentemente individual. Luego de la muerte de su madre y de la revelación de la vida depravada que lleva su hermana, Monsalvat se siente acosado por dos preocupaciones fundamentales: encontrar a Eugenia, su hermana, y resolver la situación de la gente de su conventillo. Veamos qué le sucede:

"Una mañana, el corredor que le gestionaba la hipoteca de la propiedad le refirió que el asunto estaba ya arreglado. El banco le entregaría cuarenta mil pesos. Monsalvat se trasladó al inquilinato.

"-¿Por qué no ha cumplido mis órdenes? -le preguntó al encargado.

"-¡Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale ná. Ahí los tiene: son peores que los marranos.

"Se trataba de diversas disposiciones higiénicas que Monsalvat no veía realizadas. El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzá-base sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridiculamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas.

La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle más aún. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblicua y caído los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz. Parecía?inquie-to por la presencia de Monsalvat.

"-¿Pa qué vá uté a hablá con ellos? No le dirán más que macanas. Hay que darles leña, ¡hombre! y no buenas palabras ni favores.

"Monsalvat, apartándole, porque se interponía en su camino, se dirigió a uno de los cuartos. Vivía allí un italiano, empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre había ido al trabajo. Monsalvat preguntó a la mujer si el encargado le había transmitido sus órdenes. La mujer negó.

"-¿No ve? ¿Pa qué les pregunta ná? -exclamó el aragonés, triunfalmente. "Y agregó, comentando sus palabras con una ristra de carcajadas:

"-¡El pueblo soberano!

"Monsalvat le exigió que se retirase, y el hombre, renovando sus risotadas, se alejó.

"-¿Cuánto ha pagado este mes? -preguntó Monsalvat a su inquilina.

"La italiana supuso que pretendía aumentarles el alquiler y creyó del caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades. Monsalvat insistía, y la mujer, temblando, declaró que veinte pesos. Esto disgustó a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar sólo la mitad de los alquileres. Pero la vieja interpretó al revés aquel disgusto del patrón. Se enojaban porque pagaban poco, y ahora les subiría el alquiler. ¡Esta América!

"Cuarto por cuarto, Monsalvat fue preguntando cuánto pagaban los inquilinos. Eran quince los cuartos; y como algunos habitantes no estaban, pronto los recorrió a todos. Luego se encaró con el encargado para reprocharle su desobediencia. Ordenó que reuniese a toda la gente y que abandonara la casa ese mismo día. Cuando todos los inquilinos presentes estuvieron reunidos en el patio, Monsalvat les comunicó su decisión: en adelante cada cuarto pagaría la mitad del alquiler.

"-Pero esto no durará mucho -continuó-, porque he resuelto transformar la casa. Quiero que ustedes vivan con comodidad y con limpieza y que tengan aire y sol. Quiero que vivan como seres humanos y no como animales. Cuando las obras comiencen, ustedes buscarán otro conventillo donde vivir, y luego volverán a éste, transformado en un lindo edificio.

"Monsalvat imaginó que sus palabras engendrarían entusiasmo y agradecimiento. Pero no fue así. Unos torcieron el rostro, otros cuchichearon. Una vieja se puso a hacer pucheros, y un gallego protestó contra el abuso de querer echarles de la casa para después subir los alqdileres. Monsalvat llamó al protestador.

"-¿No comprende que lo que quiero es el bien de ustedes? Viviendo con a higiene, con aire y con luz, se enfermarán menos y la vida no les será tan dura.

"Pero el hombre no comprendía. Si ellos se encontraban bien, ¿por qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Que vivían como los puercos? ¡Bah! ¿Acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón: la higiene y el aire, era bueno para los. ricos.

¡Los pobres estaban tan conformes sin aire! Y respecto a la higiene, maldita la falta que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no correspondía a Jos ricos pretender mejorarla. Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados, porque no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos ¡guales.

Si a veces cedían por un lado, era para reventarlos por otro. Podía, pues, el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y su reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!

"Los que oían, aprobaron al orador. Monsalvat, cabizbajo de tristeza y: desaliento, les oía decir: "Tiene razón", y veía en algunos la mirada de odio hacia él. No quiso contestar al hombre. ¿Para qué? Se limitó a ase gurarles que ese mes sólo pagarían diez pesos por cuarto, y se alejó, dejando a sus oyentes exaltados y discutiendo.

"Mientras Monsalvat iba en camino de su hotel, combatía en sí mismo al mal consejo. Era preciso insistir, luchar contra ellos en beneficio de ellos. Evidentemente faltaba la obra de cultura y ésta debía ser paralela a la que procuraba el bien material.
¡Pobres gentes! Les había embrutecido la -triste vida que llevaban. Explotados, desconfiaban de todo, hasta de las mejores intenciones y hasta de aquellos que sólo ansiaban su felicidad.
Ahora más que nunca Monsalvat comprendía cuál era su camino."

Tiempo De Sainete

El conventillo fue activa fuente de inspiración para los saineteros. Desde el sutilísimo ahondamiento de tipos y situaciones que practica Carlos Mauricio Pacheco hasta la reiteración formularia cultivada por Vacarezza, Jos ejemplos son muchos. Recordemos, sumariamente, El deber, de Ezequiel Soria; Fumadas, de Enrique Buttaro; Mateo, de Armando Discépolo y De Rosa; El diablo en el conventillo y Los disfrazados, de Pacheco; Tu cuna fue un conventillo y La comparsa se despide, de Vacarezza; etc., y es este último, precisamente, quien ironiza su propia receta saineterial en La comparsa se despide:


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