El Conventillo - pág.15 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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Palomas Y Gavilanes

La rufianería recaló frecuentemente, en el mundo bullicioso del conventillo, aportando su nota tenebrosa y el prestigio que le otorgaban los refinamientos de su lucrativa profesión lupanaria.

Juan Sebastián Tallón ha pintado con mano maestra la intimidad de "El Cívico", famoso cafishio de comienzos de siglo, al describir su pieza del conventillo "El Sarandí" en la parroquia de San Cristóbal. Así lo descubrimos en las páginas de El tango en su etapa de música prohibida:

"En los años 5, 6, 7 y 8, "El Cívico", que transitaba de los veinticinco a los veintiocho de su edad, vivía en la pieza número 15 de El Sarandí, conventillo situado en la cálle epónima, entre Constitución y Cochabamba.

Su profesión consistía en la explotación de su mujer, "La Moreira ", y en la pesca y tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional (albaneses); ella, hija de andaluces gitanos.

No és necesario pintar a "El Cívico" como un buen mozo excepcional, porque la clave primera de su éxito, ya se sabe estaba en la seducción, pero una seducción indispensable, hechicera, de su físico.

La segunda clave estaba en la astucia -viveza-, en la frialdad criminal disimulada, en el arte de la daga, en el coraje. (En él se ve. claro el tipo del compadrito guapo.) La tercera clave estaba en su "simpatía", en sus costumbres de adinerado, en los finísimos modos de su trato social, en sus aptitudes famosas de bailarín, en su labia. Rendía culto a todo lo criollo. Lo era y trataba de serlo mucho más. Fuera de su propio ambiente rufianesco no usaba términos del caló. (El caló y el lunfardo lo hablan con más frecuencia los secuaces, generalmente, que los hampones mismos.)

Se decía hombre de Alem y de Irigoyen, pero yo no comprobé en ningún caso, durante mi expedición a los amorales del bajo fondo, interés político sincero. No le faltaba voz para cantar y era buen guitarrero.

"En el conventillo su habitación relucía como en una calle opaca la vidriera de una joyería. Algunos muebles Luis XV, con moñitos y muñecos. Almohadones pintados por amigos suyos en la cárcel. Retratos de él en prbfu-sión, en lo que aparecía en trances de cantor o decorativamente, jugándose, como bailarín, en un corte o en una quebrada; o si no con otros cansíos, en fiestas campestres. Sobre la cabecera de la cama los retratos de los padres de La Moreira, y a los costados dos largos tarjeteros, con recuerdos de Andalucía para ella y saludos para él desde Ushuaia.

En una cola de crin, peines y peinetones. Una lámpara a querosén de gran tamaño, que "El Cívico" prestaba a los vecinos, cuando en el patio había bailongo. Sobresaliendo de la pantalla, al extremo de un dispositivo de metal que se introducía en el tubo para protegerlo, los pibes del conventillo contemplaban con dulzura un molinito de lata, que giraba con el calor de la llama.

En el flanco visible del ropero una costosa guitarra, suya y para los amigos, en una funda de terciopelo ?celeste; trabajo también carcelario, sin duda, tenía esta funda bordados un pavo real y, debajo, la palabra Recuerdo. Sobre la cama, una policroma manta pampa, que él usaba además para los carnavales, en su disfraz de matrero. A cada lado de la cama una alfombra floreada, y a la cabecera (hacia un costado, para que no la ocultase el mosquitero de tul blanco), una imagen de San Roque. Debajo de la almohada el cuchillo, la daga o el sable bayoneta (arma de guapos), reconstruido para su uso personal. Dejaba dormir sobre la manta pampa a su perro foxterrier llamado Pito.

En el toilet, gran colección de adminículos de maquillaje y atavío y frascos de perfume. (El abultado y brillante jopo de "El Cívico" iba perfumado siempre, por preferencia general de los jailafes del tiempo, con "Sola mía".) En el espejo del ropero, en los ángulos de arriba, pintados en . varios colores, ramitos de rosa. La Moreira había cubierto con un mantón andaluz el respaldo de una reposera de viaje, en la que "El Cívico", bien colocada la bigotera de petit-point, de crin, solía dormir la siesta. En una rinconera, un reloj de música, que, antes de dar la hora, tocaba los primeros compases del Himno Nacional.

En la puerta y en la ventana, cortinas de hilo bordado. En una mesita construida ad-hoc el equipo del mate. El mate -de tres pies- y la bombilla, de plata y oro. La azucarera estaba hecha, claro, con el caparazón de un peludo. Del dintel partía un toldito para el mate de la tarde. Cortés con todo el mundo, "El Cívico" se sentaba, para matear, en el patio. Entre los dedos enjoyados humeaba un cigarrillo "Vuelta abajo". "Atorrante" o "Siglo XX".

Las mozas vivas del conventillo le sonreían entonces, sin peligro y sin rubor, a escondidas de "La Moreira", enviando miradas de gloria a su apostura espléndida de varón, a su atavío, a su perfume, a las largas y enruladas guías de sus bigotes artísticos."

Pero tras esta fachada, remilgada y cursi, se ocultaba muchas veces la realidad de la sumisión despótica y de la humillación vivida cotidianamente por la mujer dominada. Evaristo Carriego se condolió en. "El amasijo" (Misas herejes):

Dejó de castigarla, por fin cansado de repetir el diario brutal ultraje, que habrá de contar luego, felicitado, en la rueda insolente del compadraje.

-Hoy, como ayer, la causa del amasijo es, acaso, la misma que le obligara hace poco, a imponerse con un barbijo que enrojeció un recuerdo sobre la cara.

Y se alejó escupiendo, rudo, insultante, los vocablos más torpes del caló hediondo que como una asquerosa náusea incesante vomita la cloaca del bajo fondo.

En el cafetín crece la algarabía, pues se está discutiendo lo sucedido, y, contestando a todos, alguien porfía que ese derecho tiene sólo el marido...

Y en tanto que la pobre golpeada intenta ocultar su sombría vergüenza huraña, oye, desde su cuarto, que se comenta como siempre en risueño coro la hazaña.

Y se cura llorando los moretones -lacras de dolor sobre su cuerpo ¡que para eso tiene resignaciones enclenque...- de animal que agoniza bajo el rebenque!

Mientras escucha sola, desesperada, cómo gritan las otras... -rudas y tercas, gozando en su bochorno de castigada- ¡burlas tan de sus bocas! ... ¡burlas tan puercas!


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