El Conventillo - pág.11 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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Adosadas al muro que separa de la casa vecina, están las cocinas, ocho en total; precarias construcciones de madera y zinc, que más parecen frágiles garitas.
Cuando llueve, ameniza el ruido ametrallante del agua las blasfemias de las vecinas que deben cruzar el destechado patio para llegar a las cocinas.

Después de aquel temporal en que un aletazo de viento tumbó al suelo a la lombarda del segundo patio destrozándole la sopera y derramándole el humeante caldo, las vecinas todas, en un acuerdo defensivo, decidieron cocinar en sus respectivas habitaciones durante los días de recio viento o dura lluvia, rebeldes a la obstinada reclamación del negro Apolinario, encargado del conventillo donde naciera y representante, allí, del dueño, su antiguo amo.

Unas reparaciones sumarias pero sólidas, últimamente efectuadas, prolongaron el servicio del edificio; se reforzaron las maderas del piso, se enmendaron algunas puertas, se recompuso el techo..."

También Leopoldo Marechal ironizó sobre el destino conventilleril de las mansiones, destino que parece revelar, con su vuelta de tuerca grotesca, la falacia de cierta prosperidad argentina.

En Megafón (1970) -entre los ajetreos de las batallas "celestes" y "terrenas" que sostiene el Oscuro de Flores- leemos la descripción del conventillo de la calle Serrano, en el que vivió José Luna, el vendedor de Biblias:

"El conventillo del Tuerto Morales, donde la vocación de José Luna tuvo escenario y coro, erguía su mole de falso castillo medieval en la calle Warnes, y su origen arquitectónico era un misterio para las gentés de aquel suburbio.

Las más antiguas lo daban como el viejo casco residencial de la quinta de los Balcarce, que asaltado por las corrientes inmigratorias de comienzos de siglo no tardó en adquirir la figura de un inquilinato inmenso, gracias a una serie de arrendadores y subarrendadores en forma de sanguijuela, de la cual el Tuerto había sido el último y el que legó su nombre a la coloreada institución.

Con una familia entera en cada reducto, salón y torre almenada, el castillo era teatro de una humanidad que decía sus conflictos a pleno sol o a plena lluvia.

Y los conocí a todos, en cada uno de sus gestos, y los amé porque los conocía. José Luna ocupaba con su mujer Filomena lo que había sido antes la "sala de música" del castillo, y que aún conservaba, ya borrosos en sus paredes, ángeles mofletudos que soplaban trompetas y ángeles entecados que tañían sus arpas, obra quizá de algún decorador italiano, que había transferido a Buenos Aires anacrónicas grandezas del Renacimiento.

En la sala única del púgil se juntaban sin armonizar el comedor, el dormitorio y una cocina de leña, cuyo tiraje pésimo fue un manantial de humo que, sin embargo, nunca molestó en adelante ni a José Luna ni a sus tres discípulos, en las discusiones que mantuvieron sobre las metáforas del Apocalipsis.

Los tres discípulos eran Juan Souto, llamado "el gaita"; Vicente Leone, o "el tano", y Antenor Funes, conocido por "el salteño".

En cuanto a Filomena la mujer del boxeador, se dice que fue un alma en blanco, pese a su gordura esferoidal y su inclinación al chismorreo, por lo cual José Luna decidió meterla en el Paraíso, aunque fuese a patadas, y hacerle adquirir una buena clasificación en el ranking de la Jerusalén Celeste."

Integracion Y Querella

Los nutridos contingentes inmigratorios que llegaron al Río de la Plata a lo largo de los años 1880, provocaron la reacción despavorida de la oligarquía criolla.

Uno de sus representantes más conspicuos, Miguel Cané, pone en boca de cierto personaje de su boceto novelesco De cepa criolla esta irritada admonición, que expresa elocuentemente los recelos de la clase:

"Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que hoy es la base de nuestro país. ¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos?

Nuestra sociedad múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto a los restos puros de nuestro grupo patrio: cada día los argentinos disminuimos.

Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no llegan las bajas aspiraciones de la turba.

El Conventillo

El "albergue Warnes", ocupado por cientos de familias.

Entre ellas encontraremos nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él".

Estos argumentos, o la ideología que explicitan, son frecuentes en la literatura de la época, aunque no lo son menos los que apelan a la integración y a la convivencia pacífica de los dos grandes grupos.

Se inscriben en esta línea autores como Podestá, Grandmontagne, Ocantos, Gerchunoff, Lugones, que articulan diversas variantes y vertientes de la ideología conciliadora.

El naciente socialismo, por su parte, trató de persuadir al "régimen" sobre el carácter benéfico, modernizador y necesario de esta nueva presencia.

En uno de los primeros editoriales de La Vanguardia, por ejemplo, se expresaba que:

"... junto con la transformación económica del país se han producido otros cambios de la mayor trascendencia para la sociedad argentina.

Han llegado un millón y medio de europeos, que unidos al elemento de origen europeo ya existente, forman hoy la parte activa de la población, la que absorberá poco a poco al viejo elemento criollo, incapaz de marchar por sí solo hacia un tipo social superior".

¿Pero cuál podía ser el instrumento para la asimilación de este nuevo aporte humano, dentro de los planes de integración que esboza, de algún modo, la línea "modernista" del "régimen"?

En 1910 Juan B. Justo lo describe así:

"La organización obrera, al desarrollarse, se ha argentinizado, y ejerce cada día más sobre el inmigrante esa función de asimilación que ya se le ha reconocido en Norteamérica.

Los periódicos revolucionarios de lengua extranjera han desaparecido, y apenas quedan grupos políticos segregados por la nacionalidad de origen y por el idioma.

Desde su arribo, el inmigrante suele ser invitado a entrar en su gremio, y allí lo que se habla, lo que se escribe, lo que se imprime, es bien o mal dicho y redactado en nuestra lengua.

No izan en sus fiestas las nuevas sociedades obreras de socorros mutuos banderas extranjeras".


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