El Conventillo - pág.10 - Folklore Argentino

--20210906 1708 Visitas

Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
el conventillo folklore argentino historia conventillo Guillermo Rawson literarura conventillo alquiler conventillo huelga inquilinos conventillo inmigrantes conventillo argentina

El Nombre de La Mugre

Un indudable hallazgo lingüístico fue la traslación de significado de la voz "conventillo" y su paronomasia "convento", que en el español popular mentaban al prostíbulo.

La imaginación popular, rica en la captación de matices y notablemente aguda por su capacidad de síntesis, pronto encontró nombres para estos pudrideros de la miseria inmigrante.

El Conventillo

El Conventillo

El Conventillo

Conventillos en San Telmo, 1970. Archivo General de la Nación.

Hubo un conventillo famoso al que se apellidó "Las 14 Provincias", y cuatro no menos populares -recordados por Armando Discépolo- a los que se nombró, con la consabida puntualización irónica de hacinamiento y suciedad, como "Los Dos Mundos", "El Palomar", "Babilonia" y "El Gallinero".

Un sainetero, Alberto Vacarezza, aseguró la posteridad entre mítica y chacotona de un conventillo villacrespense, el notorio "Conventillo de la Paloma".

A propósito de este inquilinato y de su nombre, dice Manuel Castro en su Buenos Aires de antes: "Villa Crespo dejó de ser un lugar de tránsito, una travesía desierta.

La gente, aquerenciada, fundó al barrio propiamente dicho... un barrio de pobres que necesitó de ese albergue porteño de la miseria colectiva: el conventillo.

Nació envejecido y sucio, chato y profundo, huraño y chismoso, con habitaciones numeradas como celdas de presidio, con tabiques apartadores que enbretaron el rebaño humano...

Lo bautizaron Conventillo Nacional, en homenaje a la fábrica (el autor se refiere a la Fábrica Nacional de Calzado) que determinó su nacimiento".

Poco después, anota Castro, un verdadero acontecimiento le cambió el nombre: "una mañana se mudó a una de sus piezas la Paloma, joven, linda, coqueta...

Se diferenció de las otras fabriqueras por el constante buen humor y la eterna actividad. Nunca demostró cansancio, desaliento, disgusto; siempre tuvo una sonrisa o una canción a flor de labios".

Tiempos Viejos

Muchas casas de inquilinato, por cierto, conocieron tiempos mejores, e inclusive cierta fastuosidad patricia, hasta el punto de que no faltaron memorialistas, como Manuel Bilbao, que insinuaran una recatada y melancólica evocación, palinodia cenicienta que apelaba, en horas de profunda transformación, a hipotéticos ayeres más venturosos.

El Conventillo

El conventillo asume, a veces, la forma moderna de "pensión".

Una casona que terminó en conventillo fue la famosa "de la Virreina Vieja", construida a fines del siglo XVIII en la esquina Noroeste de Perú y Belgrano, y habitada entre 1801 y 1804 por el Virrey don Joaquín del Pino y luego por su viuda.

Esta casa, a la que se consideraba una de las más lujosas, de Buenos Aires, fue luego propiedad de la familia Medrano, y más tarde, por disposición testamentaria, de la Cofradía del Santísimo Rosario.

En 1878 funcionó allí el Monte de Piedad de la Provincia de Buenos Aires, y años después -hasta aproximadamente 1909- el Banco Municipal de Préstamos.

"Desde entonces -cuenta Luis Cánepa en su libro El Buenos Aires de antaño- la vieja casa se convirtió en conventillo: la habitación donde estuviera instalado el regio dormitorio de la Virreina terminó siendo taller de planchado... Ya antes, el amplio patio en el que el Virrey se sentara durante el verano para jugar con sus amigos al tresillo o departir con ellos, había servido para subastar las prendas pignoradas que no se renovaban o rescataban dentro de los plazos establecidos...".

El Conventillo

Interior de una pieza de conventillo. Archivo General de la Nación.

Otra casa que derivó en conventillo fue la de Ramos Mejía, en Bolívar 553, asiento de la legación inglesa y último refugio de Rosas después de Caseros, e igual suerte le tocó al caserón de Bolívar 531, propiedad de Mercédes Rosas, hermana de don Juan Manuel.

También recalaron en inquilinatos las casas de mediados del siglo XVIII que ocupaban la esquina de Balcarce y Venezuela, en una de las cuales vivió Manuel de Lavardén, refinado poeta (Oda al Paraná), dramaturgo (Siripo), furtivo introductor de los primeros carneros merinos en el Plata (1794) y administrador, por cuenta del comerciante e introductor de esclavos don Tomás Antonio Romero, de la precursora estancia del Colla.

La indiferencia mercantilista de los propietarios y el ritmo irreversible del "Progreso", como se llamaba por entonces al pleno ingreso de nuestro país en la órbita capitalista inglesa, no perdonaron siquiera a los monumentos de la "pequeña historia" argentina.

La casa de los López, construida por Manuel Planes en la calle Perú 535, cumplió a su turno la poco gloriosa suerte de muchas de sus contemporáneas, a pesar de que en este lugar -"en la segunda pieza de la entrada principal", según Manuel Bilbao en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires- Vicente López y Planes escribió su poema épico Triunfo Argentino, sobre las invasiones inglesas, y en la noche del 8 de mayo de 1811 la letra del Himno Nacional.

Roberto Mariani dejó constancia de esta decadencia y caída de las casonas patricias en un pasaje de su relato "Santana", incluido en Cuentos de la oficina (1924):

"Calle silenciosa y de escaso movimiento; apenas la atraviesan durante las horas del día unos cuantos carros -chatas y camiones- pesadísimos con sus enormes cargas.

La calle Balcarce corre desde la Plaza de Mayo hasta el Parque Lezama en uha línea irregular interrumpida cinco o seis veces por manzanas de edificios que la tuercen y la llevan cincuenta, cien metros hacia el Este.

Alguna vez -en Venezuela- se corta, desaparece, como absorbida por el Paseo Colón, pero reaparece dos cuadras más al Sud.

Tiene su arquitectura peculiar esta calla Balcarce. A lo mejor, al lado de un galpón moderno de fachadas desnudas de ornamento, o al costado de una casa de renta de cinco o seis pisos encimados como hojas de libro, está depositada, como cosa olvidada, alguna vieja casona colonial, de humilde y sarmentosa fachada, de muros descascarados, con ventanas enrejadas, portales de madera tallada, pero incompletos, y un techo de tejas, tan bajo, que parece caérsele encima a uno.

Estas casonas son, para el espíritu curioso, las más interesantes; dan la grotesca impresión de un apuesto y orgulloso hidalgo tronado y con hambre; mucho abolengo, limpio apellido, auténtico escudo de armas, traje de irreprochable corte, pero todo sucio, viejo y pobre.

Una de estas antiquísimas mansiones, actualmente agoniza en conventillo. En sus espaciosas habitaciones donde acaso en 1815 ó 1820 algún general de la Independencia abandona esposa e hijas para ir a satisfacer su sed patriótica en los abiertos campos de batalla, hoy conviven apretujadas seis u ocho familias de las más diversas nacionalidades, y costumbres contradictorias hasta la beligerancia. Italianos, franceses, turcos, criollos. La última habitación la ocupa un griego relojero.

La casa consta de tres cuerpos en una sola ala; y suma en total doce habitaciones. Hay tres patios. Franqueado el zaguán, levanta su agravio la chapa metálica que según ordenanzas municipales debe existir en las casas de inquilinato.
El primer patio está siempre sucio y lleno de chiquillos; en cambio, el segundo, también; pero el tercero, igualmente.


Compartir:


Página 10 de 24
 

Paginas: