El Conventillo - pág.9 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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La Profesion Del Señor Sartorius

¿Quiénes eran, entretanto, los propietarios de los conventillos? ¿Quiénes eran estos seres omnipotentes que para la imaginación popular habían llegado a constituir, por excelencia, la suma más acabada y perfecta de la insensibilidad social?

El Conventillo

Niños que trabajaban en la fábrica "El Aguila", de Saint Hnos., como empaquetadores de chocolate. Caras y Caretas, 1906.

Si pudiéramos agruparlos en una Corporación ideal nos encontraríamos con caballeros que especulan con tierras, latifundistas, jugadores de bolsa, políticos, miembros de la Sociedad Rural, acaparadores, industriales incipientes, rentistas puros, tenderos: la espuma del sistema.

Inclusive nos encontraríamos con algún procer, o semiprócer, como Juan Pablo Esnaola, el autor del arreglo del Himno Nacional que hoy conocemos, muy popular en su época como banquero, tacaño y propietario de inquilinatos.

En su sintético diario sobre la epidemia de fiebre amarilla de 1871, Mardoqueo Navarro efectuó la siguiente anotación, en la que registró, de paso, el terrible impacto de las peste en los conventillos precursores de comienzos del 70:

"25 de marzo. La mostaza a 60 pesos la libra. Los conventillos de Esnaola... ¡Cuánto cristiano muerto sin confesión!"; y el 2 de abril: "La Comisión pide el incendio de los conventillos. 72 muertos en uno".

Tropezaríamos también con los pequeños propietarios de la clase media, como aquellos que dialogan en "Entre rentistas", de Fray Mocho, y seguramente con los inmigrantes prósperos, como el patrón descripto por Luis Pascarella en El conventillo:

"Don Pascuale trataba de igual modo a todos los inquilinos del conventillo, sobre todo a sus paisanos.

Mocetón, de 31 años, más bien bajo de estatura, fornido, con grandes mandíbulas, nariz abultada y ojos duros y saltones, hacía mucho tiempo que se dedicaba a la explotación de conventillos en gran escala.

Mal sastre en sus comienzos, dejó el oficio improductivo para dedicarse a su nuevo negocio, cosechando en pocos años una mediana fortuna.

"Desde la buena época del presidente Juárez, se le conocía por el rey de los conventillos. Poseía el instinto topográfico de lo que él denominaba progreso, y su empresa abarcaba todos los barrios.

En Constitución y en Palermo, al Este y al Oeste de la enorme ciudad, dondequiera que se abría un mercado o un establecimiento industrial, aparecía su diestra de conquistador, trazando planos en los terrenos baldíos circunvecinos.

"-Treinta cuartos, cuarenta cuartos -decía para sí, y desde ya hacinaba la mayor cantidad de carne humana en el menor espacio posible.

"Su repetida aparición en un lugar determinado constituía un signo inequívoco del seguro y rápido progreso del barrio, pues las chatas pocilgas, los inmundos palomares humanos, parecían multiplicarse por el mágico poder de los juramentos que trituraban sus mandíbulas.

Su cabeza, apenas descbastada, al destacarse por sobre los destartalados andamios, era el jalón inconfundible que anunciaba el monstruoso crecimiento de la gran ciudad.

Para llevar a cabo su fructífera empresa no necesitaba grandes capitales, pues su futura clientela en materia de habitación no era exigente.

Un amacijo de barro en plena calle, cuatro tablas viejas, una mano de cal y ce n?é troppo per questa gentaglia.

En la vecindad de Palermo poseía un corralón atestado de puertas viejas, ventanas retorcidas, pilas de tachos, baldosas, maderamen y cuanto trasto aparentemente inútil pescaba en los incendios o demoliciones de edificios.

Sin embargo, él conocía sus virtudes; ese montón de cosas viejas y mal olientes, como el purrit resurexit de los escolásticos, contenía el germen del futuro organismo ciudadano.

Sus repetidos triunfos habíanle infundido el orgullo del vencedor, y de ahí que cada vez que sus maderas y tachos, transformados en parodias de casas, avanzaban hacia la Pampa desierta, don Pascuale envolvía el barrio entero en un ademán de conquistador y lo bautizaba con su fórmula consagrada por diez éxitos.

-Questo?... da cinque a cinquanta pesos la vara...

Su trato cotidiano por motivos del oficio con gente de la municipalidad y juzgados de paz, facilitábanle sus conquistas y lo abocaban a nuevas empresas.

Por poco de nada estaba al tanto de todas las menudencias administrativas.

La sanción de una ordenanza, la presentación de un nuevo proyecto, todo lo sabía con anterioridad al mismo intendente.

Jamás desembolsó una multa, jamás había perdido un centavo, jamás había estado una hora preso.

La baja burocracia, los modestos empleados que siempre gastan el doble de lo que ganan y viven en perpetuo déficit, tenían en don Pascuale un "suple pater familia", amable y hasta dadivoso.

Adelantar el importe de un mes a uno, cinco o diez pesos a otro, hacerse el olvidado de un préstamo anterior, perdonar el interés usuario, eran pequeños capitales que le redituaban beneficios enormes.

Y el beneficio más grande, la ganga gorda consistía especialmente en el régimen cuartelero implantado en sus conventillos.

Nadie más que él demostraba prácticamente que las costumbres constituyen las verdaderas leyes.

En 24 horas plantificaba al más pintado de sus inquilinos en la cálle, con el agregado de una paliza policial si se atrevía a lanzar un quejido.
-Con don Pascuale non si giuoca -repetía haciendo crujir las quijadas. Y, en realidad, no se jugaba.

Todo rasgo humanitario, todo lo que implicaba sentimientos, simpatía, cooperación, todo lo que no tuviera atingencia con su negocio, desaparecía de su mente al pisar el conventillo.

Los cuartos, los trastos y las personas se confundían en un solo montón, en una sola entidad productora de un determinado número de pesos mensuales.

El mes que alguna máquina fallaba, a la calle, sin lástima, sin sensiblerías impropias del negocio, y venga otra a ocupar su puesto."


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