El Conventillo - pág.4 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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"Es claro que a los propietarios no les conviene vender esas fincas; y la prueba de ello es que se han enajenado 2.600 casas de 22.500 que existían en 1882, la que corresponde al 10 por ciento del número de casas en esa fecha; y no se encuentran entre estas ventas ni el 2 % siquiera de las casas de inquilinato, siendo de notar que en el mayor número de los casos esas enajenaciones tan escasas habrán sido determinadas por arreglos de familia o por otras causas que están lejos de ser financieras o comerciales.

"Hemos tenido ocasión de examinar detenidamente las evaluaciones oficiales de 1883, para los efectos de la contribución directa, de las 758 casas de inquilinato de las cinco primeras secciones de la Capital; y como conocemos por la estadística municipal del mismo año cuál es el número de habitaciones contenidas en ellas y los alquileres que se cobran por cada úna, estamos en aptitud de apreciar la renta anual que producen.

El mayor número de las casas de inquilinato no están exclusivamente ocupadas en esa forma, sino que emplean gran parte de su capacidad en servicios industriales o comerciales de otro carácter; y por consiguiente no pueden tomarse todas en consideración para estimar su producto en relación a los valores efectivos de aquellas propiedades."
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El Conventillo

"El intendente dice (y es verdad) que está en extremo limpia la ciudad." Caras y Caretas, 1906.

La informada monografía de Rawson concluye con un sabroso y elegiaco discurso sobré las virtudes de las aguas corrientes (que el autor, ingenuamente, parece recomendarnos como panacea para la "cuestión social"):

"Recomendando, como acabamos de hacerlo, y con especial encarecimiento, la provisión de aguas corrientes en las casas de inquilinato, hemos mencionado ligeramente los servicios higiénicos a que esta provisión se encamina.

Tener agua abundante al alcance de todos, verla brillar en su corriente impetuosa y levantarse su nivel en los depósitos donde se la acumula, es un fenómeno que produce en los que lo contemplan el deseo instintivo de ponerse en contacto con ese líquido amigo y provechoso.

Los hombres, las mujeres, los niños se sienten irresistiblemente inclinados a lavar sus manos y su rostro en aquel líquido, y a sumergir su cuerpo en el depósito destinado para ese fin.

Personas que habrían vivido muchos años sin recibir un baño, sin lavar siquiera algunas partes de su cuerpo, dejando en permanencia así la suciedad y la inmundicia, que no pueden dejar de ser sobremanera perjudiciales para la salud, se sienten invenciblemente decididos a lavarse y a bañarse repetidas veces, cuando el agua viene a buscarlos presurosa hasta la cabecera de su lecho, para ofrecerse a su servicio.

"Es fácil comprender las ventajas sanitarias que se derivan de la práctica y de los hábitos nuevos de la limpieza personal; y por eso insistimos con tanta decisión sobre la conveniencia de proveer abundantemente de aguas corrientes a las casas de inquilinato, las cuales, por la aglomeración misma que allí se forma, y las malas costumbres de poco aseo, rebajan el nivel moral de las personas, disminuyen su propia estimación y la simpatía recíproca, que es una nececidad en estas agrupaciones."

La Literatura Del Conventillo

Las imágenes del conventillo interesaron desde temprano a muchos escritores de la época, subyugados por las fórmulas de la novela naturalista y dispuestos a incorporar en sus tranches de vie todos los elementos de la realidad, especialmente sus ribetes más sórdidos y calamitosos.

El Conventillo

Hotel de Inmigrantes en 1899. Archivo General de la Nación.

Estas imágenes aparecen en Antígona (1885), de Roberto J. Payró; en Palomas y Gavilanes (1886), de Silverio Domínguez; en En la sangre (1887), de Eugenio Cambaceres; en Libro extraño (1894-1902), de Francisco Sicardi; en Croquis bonaerenses (1896), de Marcos Arredondo, y se convierten en tema de investigación para algunos estudiosos, preocupados -desde diversas perspectivas- por la llamada "cuestión social".

En este campo merecen ser citados Los trabajadores en la Argentina (1898), de Adrián Patroni, y Les logements ouvriers a Buenos Aires (1900), de Samuel Gache.

Años más tarde las volveremos a encontrar en Manuel Gálvez (Nacha Regules e Historia de arrabal), en Héctor P. Blomberg (Las puertas de Babel), en Roberto Mariani (Cuentos de la oficina), de Juan Palazzo (La casa por dentro) y tangencialmente en la mayoría de los llamados "escritores de Boedo".

Al concluir la década del 80 un escritor católico militante, Santiago Estrada, se expedía con cierta acritud acerca del conventillo en uno de los artículos de su libro Viajes y otras páginas literarias (1889):

"El nombre que sirve de epígrafe a estas líneas produce en quien lo escucha o pronuncia algo parecido al calofrío premonitor del cólera del Asia y de la fiebre de la India.

"El conventillo no es precisamente el conventículo, que supone una reunión de gentes de malas costumbres; no es lugar en que, según el Diccionario de la Lengua Castellana, se acoplan mujeres perdidas; no es el falansterio de Fourier, económico, útil y magnífico, en el cual debía morar la comunidad de familias dedicadas a las tareas domésticas, agrícolas, industriales y científicas; no es la habitación desmantelada, revuelta, pobre, ocupada por el bohemio del barrio latino de París, con sus horas de alegría, con sus días de esplendor, con sus recuerdos báquicos, artísticos y galantes; no es aquella buhardilla, vecina al cielo, en que la obrera trabaja y vela a su madre enferma; sin cortinas bordadas, pero con flores en Jos balconcillos; sin plata labrada, pero con utensilios de estaño que brillan como de plata; sin cuadros de precio, pero adornada con algún grabado expresivo y simpático; no es tampoco la casa modesta y limpia, alegre y ventilada del obrero de París.

No se puede llamar al conventillo de Buenos Aires el cielo ni tampoco el tabernáculo de la santa pobreza. Semejante a las pocilgas humanas de la ciudad de Londres, donde por un cobre duermen los que no tienen hogar -mendigos, fugitivos y perdidos-, él es pudridero de la pobreza y mina de oro de la avaricia.

"En todos los barrios de Buenos Aires, centrales o lejanos, se encuentran aglomeraciones de gentes que viven procreando hijos para el sepulcro, haciendo ahorros para vivir mejor en los años venideros; ahorros que son la causa de que mueran de la manera más miserable.


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