El Conventillo - pág.2 - Folklore Argentino

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Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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La ciudad creció con un ritmo vertiginoso:

Año / Total de la población / Extranjero
----------------------
1810 55.000 -
1852 76.000 -
1869 177.787 88.126
1887 433.375 228.651
1895 663.854 345.493
1904 850.891 427.850
1909 1.231.698 544.185
1914 1.576.597 964.961

Como consecuencia de este fenómeno de crecimiento, en una ciudad apenas preparada para un cambio de tal magnitud, emergiendo trabajosamente de la sueñera remansada del período anterior, nació el conventillo, cuya antesala sórdida y atestada fue el célebre Hotel de Inmigrantes.

Aclaremos, antes de seguir, que el conventillo -o en forma más global el hacinamiento y las condiciones infrahumanas de alojamiento- no fue un fenómeno exclusiva y típicamente porteño.

Corresponde, por el contrario, al momento de la revolución industrial y de la expansión capitalista a nivel mundial, como una de sus secuelas más agresivamente notorias.

Londres tiene en esa época sus barrios y calles de conventillos, su Ravenrookery, su Saint Giles, su Whitechapel, verdaderos hacinaderos humanos donde se arrastra la miseria más escalofriante; y hay conventillos en Dublin, en Glasgow, en Edimburgo, en París, en Nueva York, prácticamente en todas las ciudades ligadas por su importancia económica, directa o indirectamente, desde el centro o desde la periferia, al proceso de la revolución industrial.

"...Una Especie De Gusanera"

El Conventillo

Vista de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX. Museo Mitre.

Buenos Aires, como hemos dicho, debió duplicar o triplicar en pocos años su capacidad habitacional para dar cabida a los nuevos contingentes inmigratorios.

La mudanza de los grupos tradicionales al Barrio Norte (alrededores del 80) permitió alojar a numerosas familias, que se hacinaron en los ya obsoletos caserones del Sur.

Los especuladores, a su turno, no tardaron en acondicionar vetustos edificios de la época colonial o en hacer construir precarios alojamientos para esta demanda poco exigente y ansiosa por obtener, mal o bien, su techo.

La improvisación, el hacinamiento, la falta de servicios sanitarios y la pobreza sin demasiadas esperanzas hicieron el resto.

Había nacido el conventillo, y Silverio Domínguez ("Ceferino de la Calle") lo describía tiempo después en Palomas y gavilanes (1886), un novelón de costumbres bonaerenses:

"La casa de inquilinato presentaba un cuadro animado, lo mismo en los patios que en los corredores.

Confundidas las edades, las nacionalidades, los sexos, constituía una especie de gusanera, donde todos se revolvían saliendo unos, entrando otros, cruzando los más, con esa actividad diversa del conventillo.

Húmedos los patios, por allí se desparramaba, el sedimento de la población; estrechas las celdas, por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos, con cuadros almazarronados, con lós periódicos de caricaturas pegados a la pared y ese peculiar desorden de la habitación donde duermen seis y es preciso dar buena o mala colocación a todo lo que se tiene."

La "Epoca De Oro" Del Conventillo


La "época de oro" del conventillo porteño se localiza hacia la década del 80, aunque la casa de inquilinato, como institución, desborda ese marco y se proyecta con ligeras variantes hasta hoy.

El Conventillo

El Conventillo

El Conventillo

"Escenas de conventillo", PBT, 1913.

Al comenzar los años 1880 Buenos Aires cuenta con 1.770 conventillos, en los que pernoctan 51.915 personas repartidas en 24.023 habitaciones de material, madera y chapas.

Tres años después las casas de inquilinato son 1.868, pero apenas se han agregado 1.622 cuartos para alojar a 12.241 nuevos parroquianos.

En 1887, pico de la década, los conventillos son 2.835. A mediados de 1890 el número de éstos decrece a 2.249, pero la relación habitaciones-habitantes continúa siendo alarmante: 37.603 habitantes para 94.743 inquilinos.

Los barrios o parroquias más populosas son Concepción (Caseros, Solís, México y Chacabuco), Piedad (Alsina, Sarandí, Ayacucho, Paraguay, Uruguay y San José), Socorro (Paraguay, Uruguay, Callao y Río de la Plata), San Nicolás (Uruguay, Cuyo, Esmeralda y Paraguay), Balvanera (México, Boedo, Victoria, Medrano, Córdoba, Paraguay, Ayacucho y Sarandí) y San Telmo (Chacabuco, México, Paseo Colón y Caseros).

Número de conventillos por barrios o parroquias

Parroquia / 1880 / 1898 / 1912
-----------------------
Concepción 220 221 356
Piedad 204 134 -
Socorro 192 131 225
San Nicolás 182 - 324
Balvanera 181 145 100
San Telmo 152 - -

Desde sus comienzos el conventillo fue fuente de reflexión y escándalo para los hombres del 80, que habían sido, en cierta medida, sus artífices.

Complicada con ingredientes de xenofobia, esteticismo, positivismo al uso y fobia clasista, es fácil adivinar el efecto que habrá causado en estos hombres la imagen del pauperismo y de la mugre vocinglera, entrevista fugazmente al cruzar ante un portal de la calle Bolívar o Alsina.

Para algunos, lectores apresurados de la novedosa escuela de Medán y de los textos sociológicos de Ramos Mejía, este caso de anfiteatro era un claro testimonio de las taras hereditarias y de la inferioridad social y biológica de la inmigración meridional; para otros, apenas un fantasma que se conjuraba con la causerie en el Círculo de Armas o con el viaje a Europa, donde se reencontraba, por cierto, a los mismos fantasmas, pero esta vez (lo que resultaba tranquilizador) en su propia casa.

Allí, desvalorizada en el fondo del conventillo cosmopolita estaba la "resaca humana", el "áspero tropel de extrañas gentes" de Rafael Obligado, la "ola roja" de Cané, los "judíos invasores" de Martel, los italianos con "rapacidad de buitre" de Cambaceres.

Aparte, y a bastante distancia, la gente "decente", los criollos rancios que reconocen las claves de las causeries de Mansilla, que saben de qué habla Lucio V. López en Las griegas de terracota (o lo fingen), que se vinculan "entre nos" por un código y unos recuerdos comunes.


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