El Conventillo - Folklore Argentino

06-09-2021 442 Visitas

Las imágenes del conventillo dominaron toda una época de nuestra historia urbana. Nacido a mediados del siglo XIX, tuvo su edad de oro en la década de 1880, como contracara miserable y calamitosa de la prosperidad que creimos inaugurar por esos años. Negocio lucrativo para muchos, marcó con sus estigmas a varias generaciones de inmigrantes y criollos y terminó por entrar -a través de la mitología, del tango y del sainete- en la leyenda de la ciudad.
  1. Prehistoria del conventillo
  2. El aporte inmigratorio
  3. "...Una especie de gusanera"
  4. La "época de oro" del conventillo
  5. Rawson se ocupa de los conventillos
  6. La literatura del conventillo
  7. El problema de íos alquileres
  8. La huelga de inquilinos
  9. "Cuatro en una pieza"
  10. La profesión del señor Sartorius
  11. El nombre de la mugre
  12. Tiempos viejos
  13. Integración y querella
  14. Eros conventillero
  15. Palomas y gavilanes
  16. El conventillo opina
  17. Tiempo de sainete
  18. El tiempo del tango
  19. Otra vez literatura
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Prehistoria Del Conventillo

El Conventillo

El conventillo de las 14 provincias, según dibujo de Cao. Caras y Caretas, 1906.

A mediados del siglo XVIII, en los años inmediatamente anteriores al establecimiento del Virreynato del Río de la Plata, Buenos Aires ya conocía algunas formas larvadas y precursoras de la casa de inquilinato.

Existía, por entonces, la costumbre de compartir la amplia vivienda familiar con un número variable de inquilinos y huéspedes circunstanciales. En el censo de población que mandó realizar en 1744 el Gobernador don Domingo Ortiz de Rosas se consignan algunos datos de interés sobre el particular: en la manzana comprendida por las calles Defensa, Bolívar, Moreno y Alsina, por ejemplo, se registran 15 casas habitadas por 209 personas, con la aclaración de que en alguna de ellas viven 33 personas, entre familiares, sirvientes e inquilinos.

Un poco más allá, en el perímétro enmarcado por Tacuarí, Chacabuco, Alsina e Hipólito Yrigoyen, que por entonces se llaman Santo Tomás, San Pedro, San Juan Bautista y Cabildo, respectivamente, se verifica la mayor concentración de inquilinos: 124 sobre 231 personas empadronadas. Los grandes propietarios de ese momento son la Compañía de Jesús y algunos particulares como don Pablo Carricaburu, don Francisco de Merlo, etc. Años después, entre las postrimerías del Virreynato y la instalación de Rosas, la costumbre de subalquilar se extiende e inclusive se construyen algunas casas -en especial los "altos" o casas de dos plantas- con fines de renta. Pero no estamos todavía ante el conventillo en su versión canónica y más convencional.

Basta repasar las memorias de Man-silla, por ejemplo, para tener una idea de la fisonomía interior de estas casonas de estirpe vieja y de vida cotidiana de sus moradores. A lo sumo algún viajero, como el capitán Head o el inglés Woodbine Parish, se queja hacia la segunda o tercera década del siglo XIX por la falta de comodidades que caracteriza a las sólidas y sencillas casas de la época colonial: "las casas son las moradas más incómodas^ que haya nunca entrado", dice el primero, y acota el segundo: "cuando llegué al país carecían los habitantes en sus casas particulares de las comodidades europeas".

El conventillo pertenece a otro momento de nuestra historia, el suyo no es un marco tan nostálgicamente amable como el entrevisto en las páginas rememoradoras de Mansilla, Guido, Cañé, Calzadilla o Wilde. Vale la pena, entonces, repasar en forma sintética algunos datos que explican su advenimiento.

El Aporte Inmigratorio

El Conventillo

La evaluación municipal de la vivienda, vista por un humorista. Caras y Caretas, 1907.

La caída de Rosas en 1852 abre, indudablemente, un nuevo rumbo en múltiples aspectos de la vida argentina.
Liquidadas en Caseros las cautelas constitucionalistas del Restaurador y quebrado el equilibrio entre los ganaderos porteño-litoralenses, que- había predominado durante todo el período rosista y era representativo de una de las fases de nuestra evolución económica, la Argentina inicia un proceso de reorganización y "modernización" que terminará por adaptarla de lleno a las exigencias del desarrollo capitalista mundial.

Dentro del proyecto liberal, ocupa un lugar de fundamental importancia, como ya sabemos, el aporte inmigratorio.
La Argentina es un país desierto, arguye Alberdi; es Indispensable poblarlo, asentar colonos, superar la gravitación del desierto y del vacío demográfico que estanca nuestro progreso.

Se enfrentan dos concepciones aparentemente irreconciliables, Sarmiento (que luego corregirá el carácter absoluto de sus opiniones de entonces) encarece desde El Nacional las ventajas de la inmigración europea; José Hernández, por el contrario, sostiene desde El Río de la Plata que "la inmigración sin capital y sin trabajo es un elemento de desorden, de desquicio y de atraso" y acota que "si el país necesita la introducción del elemento europeo, necesita también y con urgencia la fundación de colonias agrícolas con elementos nacionales".

En 1869 -año del primer censo de población organizado con criterio moderno- la República Argentina tenía 1.736.923 habitantes.
A partir de esta cifra podemos seguir en todas sus fases y alternativas el proceso de incrementación demográfica que experimenta el país, con su secuela de crecimiento urbano y con los problemas que la improvisación general no tardó en desatar.

Un cuadro sintetizador nos permitirá formarnos una idea aproximada del ingreso de inmigrantes entre 1861, año de la batalla de Pavón, y las fiestas del Centenario de la Revolución de Mayo.

Años / Ingresos
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1861-1870 $159.570
1871-1880 $260.885
1881-1890 $841.122
1891-1900 $648.326
1901-1910 $1.764.101

Pero este proceso, iniciado durante la presidencia de Mitre (1862-1868), sólo encontrará una respuesta medianamente racional a partir de 1876 (presidencia Avellaneda), con el dictado de la Ley Nro. 817 de Inmigración y Colonización, y posteriormente con la ocupación del Río Negro como remate de las campañas militares al Desierto, medidas éstas que permitirán el afincamiento parcial de colonos en detérminadas áreas en crecimiento.

El Conventillo

Inmigrantes gitanos a bordo del "Re Umberto", en 1912. Archivo General de la Nación.

El grueso de la inmigración, sin embargo, no encuentra posibilidades de afincamiento real en las zonas rurales y opta por permanecer en ciudades como Buenos Aires y Rosario, insertándose en un inesperado fenómeno de crecimiento y expansión urbana.

La afluencia inmigratoria intensiva tuvo su fundamento en planes de colonización que, en la mayor parte de los casos, no se cumplieron, o se cumplieron en forma parcial e inadecuada; contradictoriamente trabada en su desenvolvimiento por la supervivencia de la estructura social y de los controles político-económicos impuestos por la oligarquía terrateniente, fue absorbida a partir de la década del 70, y en especial a partir de 1880, por los semidesarrollados centros urbanos.

El Conventillo

Grupo de inmigrantes italianos, en 1904. Archivo General de la Nación.

Estos centros urbanos recibieron cierto estímulo a partir de las inversiones extranjeras y de los planes de obras públicas esbozados pródigamente por el "régimen", y la inmigración suministró a estas inversiones y planes mano de obra barata, un moderado aporte empresario y una masa no productiva que se desplazó rápidamente hacia los servicios públicos.

Se verificó de esta manera -entre 1869 y 1914, señalados habitualmente como límites- la siguiente curva aproximada de crecimiento urbano: 1869, 27%; 1895, 37%; 1914, 53% de la población, con la advertencia de que a la ciudad de Buenos Aires le tocó absorber, en el conjunto del proceso, cerca del 50 % del aporte inmigratorio.


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