Fiesta Patronal De Nuestra Señora De La Candelaria - pág.4 - Folklore Argentino

--20200418 2863 Visitas
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Pero es sólo un momento. Se abren de par en par las puertas del templo, y la imagen venerada asoma al atrio, en el ligero bamboleo de sus cargadores, entre un estrépito de campanas echadas a vuelo, de cohetes y de buscapiés que provocan un reguero de fuego entre las piernas de los más enfervorecidos, de bombas de estruendo que apagan los ecos de la música indígena.

La gente se árremolinea, en una atmósfera espesa de sudor, llena de olores picantes y acres. Por último, los conductores de las andas consiguen abrirse paso entré la admiración de la gente, que se abalanza hacia la imagen para lanzarle empuñados de flores. Estas ruedan a lo largo del cuerpo o quedan prendidas en el velo que cubre donosamente la cabeza y la Virgen, pequeña e inmutable -casi tan pequeña, como uno de los habituales «santos de bulto» que se guardan en las casas de la quebrada o de los valles-, prosigue su paseo entre el redoblar de las cajas y el lloro de las flautas, entre el griterío de los fieles y el quemar de fuegos de artificio.

De esta suerte, la procesión avanza por las calles del pueblo, trepando o descendiendo desniveles en medio del regocijo y del respeto público, hasta que la Virgen es reintegrada a su clausura anual. Mientras la ceremonia dura, es una fiesta de color, una muestra de un fervor colectivo que excede los estrechos límites del pueblo y congregan en él a toda la gente válida de ese mundo de cerros y quebradas que circunda imprecisamente a Humahuaca. Es una simbiosis del paganismo atávica con el catolicismo adquirido después de la Conquista, cosa que da un tinte especial a toda fiesta indígena religiosa.

La Virgen ha vuelto a su altar; los sacerdotes retoman sus funciones. Quedan en la iglesia todas las madres indígenas que han hecho leguas de camino para hacer bautizar o confirmar a sus hijos. Todos los demás -y luego ellas mismas-, se entregan, desenfrenadamente, al baile y la bebida. Y esta fiesta, qué ha tenido un momento de hondo fervor religioso, termina, al amparo de las sombras de la noche, en una ola de inmoderado desenfreno.



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