Fiesta Patronal De Nuestra Señora De La Candelaria - pág.3 - Folklore Argentino

--20200418 2861 Visitas
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En Humahuaca



Dos dé febrero en Humahuaca. Fiesta de la virgen de la Candelaria, patrono del pueblo en un patronazgo que viene de remotos tiempos; Desde las primeras horas el atrio se va llenando de una multitud de mujeres indias, que silenciosamente sé van poniendo de cuclillas, en la seguridad de una larga espera.

Casi todas ellas traen sus «guaguas» a cuesta, además de uno que otro «changuito» ¦prendido a la pollera. Muchos de sus maridos se quedan fumando en la plaza o beben despaciosamente de los. jarros de chicha que, sin saberse de dónde, comienzan. a aparecer con la mañana. Entretanto, van llegando las gentes. Pronto la iglesia queda colmada por el pueblo entero y por los grupos que bajan de los cerros. Poco antes del mediodía los cohetes que han estado estallando casi toda la mañana, salpicádamente, ceden paso al estrépito mayor de las bombas, y un «chango» trepa al campanario para darle a la, campana con todas sus fuerzas.

La misa la ofician cuatro sacerdotes, no en el altar mayor, sino en uno pequeño, algo más avanzado sobre la nave, que es donde tiene su nicho la Virgen. Las «cholas» han depositado sus típicos sombreros duros en el suelo, y se cubren la cabeza con un manto abigarrado, juntando las manos llenas de anillos de plata dorada. Los hombres están rígidos, dentro de sus trajes de rígido «barracán», tejido en el telar casero.Y el sacrificio de la misa sé va consumando con su ritual pomposo, lleno de unción y de misterio.

En la esquina de la iglesia el mortero de bronce prosigue su tarea, secundado por alguna descarga de fusilería. Frente, al templo se aprontan séis u ocho «sicuris», cubiertos con sus sombreros alones y sus ponchos cortos y calzando «ojotas» con suela de llanta, que se aprestan a tocar, en honor de la Virgen y en sus apareadas flautas de caña, los sufrientes y monótonos aires pentatónicos que el viento les ha enseñado en la soledad de la puna desamparada.

Por fin, concluida la misa -que es larga y cantada por un grupo de niñas y jóvenes lugareños, acompañados por el asmático órgano que ya no puede más- la imagen venerada es puesta en unas andas forradas de rojo, que se confian a cargueros de paso acompasado y regular, dotados de fornidas espaldas. Aunque ellos se irán turnando en el trabajoso y desnivelado trayecto, el honor obliga a intentar ser de los primeros en arrimar el hombro al paseo triunfal. Ocupados, por fin, los primeros puestos, viradas las andas y puestas frente a la salida, se produce en el denso conjunto, en esa apiñada masa humana que pugna por ganar los mejores sitios, urgente de fervor y de entusiasmo, un momento de silenciosa expectativa.


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