Fiesta Patronal De Nuestra Señora De La Candelaria - pág.2 - Folklore Argentino

--20200418 2862 Visitas
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Además de los actos rituales y litúrgicos, se observan en ella no sólo la consabida fiesta popular (baile, canto, chicha, aloja), sino elementos tradicionales como la institución de los «alféreces», cada uno de los cuales tiene a su cargo la celebración durante los días del novenario, a uno por vez.
En sus respectivas casas se arma el «altar», especie de arco de cañas adornado con cintas y moños de colores, y allí se concentran los componentes del grupo, los amigos e invitados. Lucen sus mejores galas y compiten en la riqueza y donasura de los arreos, en la estampa y fogosidad de sus caballos.

Al entrar al pueblo, siguen un trayecto consabido y fijo; en sitios tradicionalmente establecidos lanzan las cabalgaduras al galope, al tiempo que forman una enorme ronda. Asisten al Oficio divino en la iglesia y salen de ella con los estandartes de la Candelaria y de San Pedro, además de la bandera argentina. Aquí llegan a su culminación la algarabía, el estruendo, el repicar de las campanas. Una vez en casa del «alférez del día», los estandartes y banderas son «velados» junto al «altar», lo cual recuerda la advocación de la «Candelaria". La fiesta privada impera entonces con los caracteres de siempre (baile, canto, libaciones sin cuento). Al día siguiente vuelven a misa, y de allí van a la puerta del cementerio viejo, frente a la cual hacen ondear ntuaimente las banderas en solemne «batida», ceremonia que parece inspirada en Una estampa española medieval. Tornan a la iglesia para depositar los estandartes que pasarán a manos de los «alféreces» a quienes corresponde la siguiente jornada.

Llegado por fin el magno día (2 de febrero), se repiten estos pasos y ceremonias con más nutrido concurso e indescriptible entusiasmo popular, exaltado por los innúmeros visitantes qué vienen a pie, á caballo, en carros y camiones desde todos los parajes del Valle. No ¡altan las madres con sus «guagüitas quepidas» (criaturas cargadas a la espalda), ni los viejos cegatones, ni los «changos» y «chinitas» traviesos.
Los patrones de las fincas o estancias vienen con sus peones y arrenderos y pasan al galope, como adalides al . frente de sus huestes, en inocente algarada.

Al concluir la misa, se inicia la imponente procesión que acompaña las imágenes. Es en gran parte procesión ecuestre, briosa, abigarrada. Las indumentarias y los arreos típicos, los adornos de plata, los rebozos de las mujeres, los ponchos, aludos sombreros y holgadas bombachas de los hombres, forman un cuadro que parece representar el alma del pueblo calchaquí. El ambiente se satura de músicas y cantos moríanos, interrumpidos o ahogados por los repiques y el estallar de cohetes y «camaretas». Los bombos y «cajas» (el tamboril calchaquí) acompañan impertérritos a la procesión con su incesante retumbo, que apenas permite percibir los sones medrosos del violín y del acordeón.

En el delicioso escenario del pueblecito vallisto, este conjunto de luz, de color, de sonido, de movimiento; todo lo externo en convergencia con el paisaje interior que las actitudes traslucen, suscitan en el ánimo impresión honda y múltiple, mezcla de sensibilidad provinciana, de emoción religiosa y de sana curiosidad por estas manifestaciones tradicionales de nuestro pueblo.

Vueltas las imágenes y estandartes a la iglesia, el bullicio se refugia en los ranchos, que prolongan la fiesta, y la placidez aldeana torna a reinar con su dulce sosiego y su inefable paz.


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