Ernesto De La Cárcova

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Biografías de Argentinos

12-10-2019 56 Visitas

Ernesto De La Cárcova nació en Buenos Aires, el 3 de marzo de 1866. Pintor. Primer director de la Academia Nacional de Bellas Artes, profesor de la misma y de la Sociedad “Estímulo”. Vocal y presidente de la Comisión Nacional de Bellas Artes. Director del Patronato de Becados en Europa. Director y fundador de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación, y creador del Museo de Calcos. Dejó obras de destacado valor pictórico. Falleció en Buenos Aires, el 28 de diciembre de 1927.

Ernesto De La Cárcova.
Grandes Argentinos

Agitado por la inquietud de una vocación, Ernesto de la Cárcova creció en un país que mantenía relaciones todavía indirectas con nuestra cultura, donde esperaba entregarse a la disciplina capaz de revelarle lo tangible y positivo que, como exigencia, contiene el arte. Sus ojos querían descubrir la estela cromática del color, poseer la forma; le atraía la silueta extraída de una composición viviente; deseaba penetrar el secreto de la transparencia; inmortalizar las sombras...
Ernesto de la Cárcova nació en Buenos Aires el 3 de marzo de 1866. En la ciudad natal concluyó el bachillerato hacia 1885. Comenzó en ese año sus primeros ensayos pictóricos en la Asociación Estímulo de Bellas Artes, bajo la dirección del maestro italiano Francisco Romero. Aconsejado por éste se dirigió a Europa, inscribiéndose como alumno en la Real Academia Albertina, de Turín, con Giácomo Grosso.
Tras laborioso aprendizaje se presentó en 1890, con tres obras, en la XXXI Exposición del Círculo de Artistas Turineses, donde ocupó un lugar destacado entre los pintores italianos. Uno de sus cuadros, el pastel Cabeza de viejo, que revelaba su personalidad y su ya segura técnica, interesó al entonces Rey Humberto I, que lo adquirió para integrar las colecciones del Quirinal. Este fue su gran triunfo. Luego viajó a París, y de regreso en Roma continuó trabajando, imprimiendo a su paleta un acento inconfundible.
No hallamos en su nutrido archivo ansias de figuración ni de posiciones destacadas. Su honorabilidad lo vinculó siempre a múltiples actividades y a los cargos que merecían sus excepcionales virtudes de ciudadano y maestro. Toda su obra revela el tiempo de su actuación, llegando a dotarla de lo que en él era auténtico, deslizando en ella, ese «objeto mágico de la luz que no es abstracto, sino real, una cosa entre las cosas».
Su individualismo le permitió crear una atmósfera de inquietud constructiva. El goce estético era para Ernesto de la Cárcova tan indispensable como la creación misma. No le atrae ni desconfía de la abstracción. Figuras y paisajes se integran en su estilo con singular armonía, mostrando en los dos casos la riqueza de sus recursos técnicos, con los que afirma nuevas valorizaciones «pues cada artista tiene particular propiedad que lo define en luz y color por razón de época, de escuela, de material empleado». Su pupila de pintor atenta y sensible, dejó también en los materiales fríos, que se tomaban cálidos, un idioma propio, a través del cual han quedado grabados acontecimientos trascendentes de nuestra vida nacional. Su obra como medallista revela la misma sencilla razón de responder a ese mundo de alusiones, a ese universo objetivo lleno de sentido y perfección.
En 1893, circunstancias familiares le hicieron volver a Buenos Aires. Al año siguiente se presentó en la exposición colectiva del Ateneo, donde exhibió su producción europea y conquistó un nuevo laurel con el óleo de rotunda intención humana y resuelto concepto naturalista titulado: Sin pan y sin trabajo, que acreditó su conocimiento de la composición y del dibujo.


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