Gervasio A. de Posadas

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07-09-2020 14 Visitas

Nació en Buenos Aires, el 19 de junio de 17 57. Funcionario. Participó en la Asam blea Constituyente de 1813. Fue vocal del Triunvirato y Director Supremo. Escribió sus “Memorias”, noble testimonio histórico, modelo de prudencia y serenidad. Falleció el 2 de julio de 1833.

Gervasio A. de Posadas

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Hijo del alférez de caballería Felipe Santiago de Posadas y de María Antonia Dávila, vio la luz en Buenos Aires el 19 de junio de 1757. En el celebérrimo convento capitalino de San Francisco estudió latín, filosofía y teología, realizando prácticas en el estudio del doctor Manuel José Labardén. Durante el virreinato del marqués de Loreto fue oficial mayor de la Secretaría de Gobierno y Guerra, y en 1789 fue nombrado por el gobernador Francisco de Paula Sánz escribano oficial y notario mayor del obispado, funciones que desempeñaba al ser sorprendido por los sucesos de mayo de 1810. Posadas permaneció ajeno a esas convulsiones. «Ocupado y entretenido en las actas del concurso a la vacante Silla Magistral de la Santa Iglesia Catedral», fue invitado al Cabildo Abierto del 22 de mayo, sin que se molestase en asistir, por hallarse «legítimamente ocupado», como confesó él mismo, años más tarde, con singular desprecio por el juicio de contemporáneos y sucesores.

Era un típico burgués en quien no había despertado la noble pasión del sacrificio patriótico. Incluso en 1811, invitado a integrar la Sociedad Patriótica establecida en el Consulado, el futuro mandatario se excusó haciendo llegar una donación en metálico. «No obstante su prescindencia de los negocios públicos -advierte Yaben-, la revolución del 6 de abril lo sorprendió en su casa, donde fue arrestado y llevado a un cuartel y después desterrado a Mendoza por tentativa de sedición, sin que mediara la más elemental forma de proceso.»

Precisamente al volver de su destierro parece despertar a la acción pública con bríos desconocidos, siendo síndico procurador y, en 1812, miembro del Cabildo.

Al prepararse los trabajos que debía abordar al siguiente año la Asamblea Constituyente, se le designó miembro de la Comisión encargada de redactar el proyecto de Constitución. Según Mitre, era «hombre de buen sentido, observador frío, en quien se combinaba lo serio y lo burlesco», y al añadir que «marchaba a la cabeza de los diputados adocenados, preparándose el camino del poder», brinda una imagen que si bien puede resultar poco simpática, habla con elocuencia de que era Posadas un clásico hombre de Estado. Más tarde podría probar que no aspiraba al poder por el poder mismo.

Al actuar con inteligencia y dinamismo en la Asamblea General de 1813, en su calidad de diputado por Córdoba, fue nombrado vicepresidente del histórico cuerpo, y presidente en el mes de julio. El 19 de agosto la Asamblea le nombró vocal del Triunvirato en reemplazo de Alvarez Jonte. Una vez prestado el juraménte de estilo Posadas se dirigió a la Fortaleza en compañía de los diputados Valle y Gómez.

Tan pesada responsabilidad -«el Estado (anota en sus Memorias) no tenía fuerza respetable, ni energía, ni moneda, sin cuyos elementos no se puede gobernar»-, lo impulsó a renunciar, gesto que impidió la Asamblea.

Agrupadas en Montevideo las fuerzas realistas procedentes de España y el Perú, el Triunvirato organizó una flota para prevenir posibles ataques.

Continuando su línea de impecable legalidad institucional la Asamblea modificó el sistema de gobierno colegiado, suplantándolo por el gobierno unipersonal. La concentración del mando ejecutivo en una sola persona fue proyectada por el mismo Triunvirato que integraban Posadas, Rodríguez Peña y Larrea en un memorial.

«Esta es la primera vez -señalaba- en que un poder constituido para regir los pueblos se deja ver solicitando la creación de otra autoridad que lo subrogue en sus grandes funciones. Contra el espíritu de todo cuerpo, y contra la propensión natural de todos los que mandan por enseñar sus prerrogativas, el Gobierno desea verlas pasar a otras manos robustecidas por una constitución más análoga a las circunstancias presentes.»

Posadas promovió la reforma soñando con retirarse de la acción pública, mas la Asamblea General emitió un documento en el que expresaba : «Convencida la Asamblea General Constituyente de la necesidad de concentrar el Supremo¦ Poder Ejecutivo en una sola persona, ha recaído después de prolijas discusiones tenidas sobre la materia, por unanimidad de votos, en el actual individuo del gobierno, Gervasio Antonio Posadas, y dispuesto que, acompañado de los diputados Valle y Elía, se apersone a la brevedad posible en esta misma mañana en la sala de sus sesiones a prestar el debido juramento.»

El 22 de enero de 1814 la Asamblea crea, pues, el Directorio, nombrando a Posadas Director Supremo. Asumido el poder el 31 de enero designó ministro de Gobierno a Nicolás de Herrera; de Hacienda, a Juan Larrea; y de Guerra y Marina, a Francisco Javier de Viana. Al año dimitió de nuevo, debido a las presiones suscitadas por la designación de su sobrino Carlos de Alvear como general en jefe del Ejército del Perú. -Su nombramiento implicaba el reemplazo de Rondeau, acto indudablemente injusto, que despertó la oposición de los jefes militares. Dimitido, el 9 de enero de 1815 la Asamblea llamó a Alvear, solucionando la crisis y contentando´ las ambiciones y deseos de todos a costa del renunciamiento ejemplar de Posadas, que tomó esa decisión para «poder retirarse a su casa a pensar en la nada del hombre, y preparar consejos que dejar á sus hijos por herencia».

Su gobierno tuvo características de moderación y decoro, orlado por el triunfo de la rendición de Montevideo (1814). La economía floreció, dando solamente la Aduana un ingreso superior a los dos millones trescientos mil pesos. Enemigo de toda actitud que sugiriera un espíritu poco republicano, Posadas hizo profesión de fe democrática, que él mismo se encargó de recordar y ratificar el 8 de julio de 1822 contestando a un ataque calumnioso del periódico Ambigú. «Yo goberné y no fui gobernado -decía Posadas-. Tuve un consejo que entendía en asuntos determinados y más los que tenía a bien consultarme. Los secretarios despachaban en sus respectivos departamentos, pero yo todo lo acordaba, y lo leía antes de firmarlo, devolviéndoles lo que no me agradaba. Yo no era entonces un filósofo, un político ni un jurisconsulto consumado; pero tenía algunos principios de filosofía, un poco de mundo y algo de papelista; pensaba más que dormía, trabajaba y consultaba, y sobre todo deseaba el acierto y propendía a él.


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