Carlos Enrique Pellegrini

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Biografías de Argentinos

21-08-2020 37 Visitas

Nació en Chambery (Francia), el 28 de julio de 1800. Ingeniero. Periodista y constructor del Teatro Colón. Pintor y retratista de la sociedad porteña. Falleció en Buenos Aires, el 12 de octubre de 1875.

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En la ciudad de Chambery, capital del ducado de Saboya, nació Pellegrini el 28 de julio de 1800. Mientras en su niñez jugaba bajo los árboles de Les Charmettes, mansión de Mmo. Warens, tan vinculada a la vida de Rousseau, solía contemplar extasiado su imponente catedral gótica. De Chambéry pasó a Turín, donde realizó sus estudios universitarios. Al producirse la sublevación del Piamonte contra los austríacos, en la que intervinieron los estudiantes, principalmente los de ingeniería, pudo refugiarse en el palacio del duque

de Aosta, logrando así cruzar la frontera y llegar a París, en cuya Escuela Central obtuvo el diploma de ingeniero en 1825. Tres años más tarde, cumpliendo indicaciones de Rivadavia, fue contratado por Sarratea para realizar obras públicas en Buenos Aires. Llegó a esta ciudad en 1828. Desgraciadamente, la situación política y financiera no facilitó sus tareas. En lugar de Rivadavia estaba en el gobierno Dorrego, qué no reconoció el contrato de Pellegrini.

El joven viajero no se desilusionó. Le agradaba la capital del Plata. Venía a trazar canales pluviales, pero tenía dotes de artista y las dio a conocer en casa de Mariquita Sánchez de Mendeville, quien en sus históricas tertulias se quejaba de que no hubiera retratistas en Buenos Aires. Presentado por D. Miguel de Azcuénaga a la culta dama, le manifestó su deseo de retratarla., que ésta acató complacida. Fue así el retrato de Mariquita el primero de la larga serie que debía ejecutar, consagrándose como el pintor de la sociedad porteña. Pero desde su llegada cultivó sus conocimientos de arquitecto dibujando a la aguada los principales monumentos de la ciudad, no pocos de los cuales se salvaron así del olvido. Entre ellos figuran el Cabildo y la Pirámide, además de la Recoba. Dibujó también las iglesias de San Francisco. Santo Domingo, El Pilar y la de San José de Flores, donde vinculó sus conocimientos técnicos con sus condiciones de artista, como puede verse en la «Procesión de la Virgen saliendo de Santo Domingo».

Pero, volviendo al retratista, se puede decir que fue un predestinado historiógrafo, pues salvó del olvido la efigie de ilustres personajes y distinguidas damas de la sociedad porteña. Entre 1830 y J835 pintó cerca de ochocientos retratos. Su único rival fue el daguerrotipo, que conceptuaba risueñamente como su enemigo. Entre sus mejores retratos figuran los de doña Pilar Spano de Guido, doña Juana Rodríguez de Carranza y doña Isabel Calvimontes de Agrelo, como así también el del canónigo Saturnino Seguróla y el de don Mateo Masculino. «Su filiación artística mejor determinada -dice D. Eduardo Schiaffino- en los diseños que en las acuarelas -como que su conocimiento de la técnica del dibujo superaba en mucho al que de la pintura tenía-, hay que buscarla, pues, en la correctísima escuela de Ingres, cuyo estilo influía en el ambiente de la época; por otra parte, su idiosincrasia de geómetra le presentaba las formas por las abstracciones de las líneas; y de aquí nace plausiblemente una analogía de procedimiento con el maravilloso dibujante francés.» Entre otros retratos de personajes importantes, figuran los de D. Julio Segundo de Agüero y el del sabio Aimé Bonpland.

Durante la dictadura de Rosas se estableció en el campo para dedicarse a la agricultura y a la ganadería. De nuevo en Buenos Aires después de Caseros, experto en los problemas rurales del país y considerando necesario tratarlos en público, fundó en setiembre de 1853 la «Revista del Plata», destinada, según decía en su «Prospecto», a llevar al exterior un conocimiento exacto de estos países en cuanto a su comercio, fábricas y agricultura. «Esta Revista -agrega- tiene por objeto el adelanto material de los pueblos del Río de la Plata y muy especialmente el de Buenos Aires.

De política y literatura sólo relatará lo necesario para tener al corriente a sus lectores de lo más notable que en ellas ocurra». Pero los artículos de la «Revista del Plata» habían de ser páginas históricas y litérarias. Frutó de su labor periodística fue la primera Exposición Agrícola Rural Argentina, inaugurada el 15 de abril de 1858, en el antiguo caserón de Rosas en Palermo. «El alcázar del despotismo -decía Alsina en el discurso inaugural-, que todo lo esteriliza, sirve hoy de templo a la industria, que todo lo fecundiza». A esta exposición envió Sarmiento varias madejas de seda cultivadas en San Juan, manifestando al hacerlo que «la seda había colocado a la ciudad de Lyon en el segundo puesto en Francia». Dada la importancia que tenían las ideas expuestas en la «Revista del Plata», algunos de sus materiales fueron reimpresos oficialmente. En el periódico «El Lucero» escribió sobre la necesidad de terminar con los «aguateros», haciendo a la vez excavar un pozo a pocas varas del fuerte. Analizada el agua extraída, fue declarada potable; pero no obstante el interés que puso en el asunto una comisión especial, que integraban, entre otros, D. Vicente López, continuó el servicio del «aguatero».

Con el lema de «Comunicar es fraternizar», se interesó por la construcción de ferrocarriles y carreteras, como también de la utilización de las vías fluviales. «El célebre régimen de las marcas desconocidas, invención dictatorial, que diezmó la hacienda de los ricos y aniquiló la de los pobres», interesó a Pellegrini en la invención de un sistema de marcas, acerca del cual ha dicho Mitre: «El primero que concibió la grande idea de poner en orden a esa Babel de las lenguas ideográficas, sujetando todas sus líneas caprichosas a una clasificación sistemática, fue el señor Carlos Pellegrini, cuyos trabajos llevan el sello de la originalidad unido al estudio de lo existente». No estaba ausente en ello el sentimiento artístico.

Plaza de la victoria, Carlos Enrique Pellegrini (Norte 1829) TopArgentino.com
Plaza de la victoria, Carlos Enrique Pellegrini (Norte 1829)

«No hay que apagar en nuestros paisanos -decía Pellegrini- el desarrollo de una afición nata para el dibujo. ¿Quién no los ve con placer, en sus ratos de ocio, trazar diestramente con la punta del dedo las innumerables marcas que pueblan su memoria? ¿Quién se atrevería a borrar este rasgo característico de nuestras costumbres nativas? ¿Quién no sentiría ver ahogarse en su germen un principio de inteligencia artística, que podrá fecundar algún día?» Si en su niñez jugaba bajó los árboles de «Les Charmettes», siendo ya hombre mostró su amor por ellos; y es digno de recordarse el caso del pino dos veces centenario que existía en una quinta cercana de la iglesia de La Piedad y que era llamado «Pino de Santa Lucía».


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