José María Paz

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Biografías de Argentinos

21-08-2020 443 Visitas

Nació en Córdoba, el 9 de setiembre de 1791. Militar. Actuó con Belgrano en toda la campaña del norte, perdiendo su brazo derecho en Venta y Media. Participó en la guerra del Brasil y en Ituzaingó ganó los galones de general. Peleó contra los caudillos de las montoneras. Fue electo gobernador de Córdoba, y derrotó a Quiroga en La Tablada y Oncativo. Permaneció muchos años preso en Luján, a las órdenes de Rosas. Se incorporó a la cam paña libertadora de Lavalle, y dirigió las fuerzas que defendieron heroicamente a Montevideo cuando el Sitio Grande. Escribió sus “ Memorias”, monumento único de nuestra historiografía, con excelente pluma. Se le consideró gran artillero y estratega. Falleció en Buenos Aires, el 22 de octubre de 1854.

José María Paz.
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Si algún gran argentino no necesita biografía ése es José María Paz: aunque incompletas, quizá como última consecuencia del hado adverso que rigió su destino, ahí están sus Memorias. Se han perdido los capítulos referentes a su actuación en la guerra del Brasil, en la cual, en el campo de batalla de Ituzaingó, alcanzó los entorchados de general. El relato de su defensa de Montevideo, cercada por las huestes de Juan Manuel de Rosas, se há extraviado también, remitido a Lima entre un archivo y una biblioteca que por razones subalternas la Argentina no supo conservar. Bastan los tres tomos de la edición «Princeps», con el relato de sus luchas por la Independencia y de su brega contra el caudillismo, para que esa obra constituya un monumento único de nuestra historiografía.

Paz nació en Córdoba en 1791 -un 9 de setiembre- aunque sus Memorias comienzan con la evocación de la batalla de Tucumán, en 1812, siendo él ya teniente. En el interregno abundaron los acontecimientos, entre otros la Revolución de 1810, que hizo vestir las armas del incipiente ejército de la patria al veinteañero estudiante de Derecho en la Casa de Trejo. Hijo de hogar hidalgo, donde el padre porteño y la madre cordobesa -la memorable Tiburcia Haedo-, le prestaron su singular fisonomía argentina, dejóse atraer en los primeros años por los estudios teológicos, que pronto sustituyó por las disciplinas matemáticas primero y luego por las jurídicas. Aunque sin graduarse en sus aulas, la Universidad, dos veces secular, , selló el carácter de ese «militar con alma de doctor».

En la ciudad del deán Gregorio Funes la causa revolucionaria entusiasmó a la juventud culta y al formar allí Juan Martín de Pueyrredón un cuerpo de milicias, José María Paz, con su hermano menor Julián, fue de los primeros en alistarse en las fuerzas de Antonio Balcarce. El triunfo de Suipacha infundió la ilusión del pronto fin de la guerra, que por desgracia apenas se iniciaba; pero el bisoño cordobés, que no alcanzó a participar en ese combate, siguió hasta Jujuy, donde Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, también presa de la misma esperanza, le aconsejó reintegrarse a su hogar. Cuando la guerra arrecia serán sus propios progenitores quienes ofrendarán a sus dos hijos, más «todas las alhajas y propiedades para auxilio de las presentes circunstancias», a Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, señalando de paso que aquéllos ceden «voluntariamente cualquier parte o la totalidad de los sueldos si los juzgase por conveniente...» Bajo ese relevante signo se inician los servicios patrióticos dé quien, hasta en la cárcel y en el exilio, sólo vivió para el servicio de su país.

En la marcha para incorporarse al ejército del Alto Perú se produjo el incidente que debió advertirle contra los peligros de la anarquía, eterna adversaria de su vocación de libertad y de orden. «En el Fuerte de Cobos, a inmediaciones de Salta -léese en el prefacio que sus deudos pusieron a la primera edición de sus «Memorias»-, hubo de sublevarse su compañía, lo que era tanto más temible, cuanto que él mismo y a su presencia, acababa de sublevarse otra que marchaba con el mismo destino, a cargo del antiguo oficial Eustaquio José González. Sin embargo, logró contenerla y al otro día pudo llegar a Jujuy en donde estaban los restos del ejército a las órdenes del general Viamont...». Capitán en la plana mayor del Regimiento de Húsares, al remodelar Pueyrredón el ejército, aceptó revistar como teniente, admitiendo que su experiencia bélica procedía de las milicias civiles. La disciplina era la columna vertebral de su vocación.

Luego vendrán, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, la gloria de Tucumán, la entrada triunfal en Salta, la tristeza de Vilcapugio, la derrota de Ayohuma... De nuevo capitán del Regimiento de Dragones del Perú atraviesa con ellos la quebrada de Humahuaca y en la futura Bolivia figura entre los vencedores de Puente de Márquez. Mas el infortunio, que ya empieza a perseguirlo, le hiere de bala en el brazo derecho en el encuentro de Venta y Media. No atribuyó importancia a la herida y continuó dos horas en la brecha. Casi extenuado salvó la vida gracias al oportuno consejo de un cabo, pero rehúsa pedir licencia «conducido por un excesivo punto de honor que me aconsejaba no separarme del ejército...», según dice en sus Memorias, en las cuales es, sin embargo, parco al referirse a su persona. El dolor pudo más que su voluntad y entre penurias de toda índole, bajo la lluvia persistente, en medio de un frío obsesionante, a caballo primero, sobre una «especie de andas que cargaban cuatro indios al hombro», llegó agotado a Cochabamba. Ya será para siempre «el manco».

Designado Belgrano jefe del Ejército del Norte, resuelve fusionar los cuerpos de Dragones del Perú y Dragones de la Patria constituyendo uno solo que se denominará, simple y simbólicamente, Dragones de la Nación. ¿A quién ha de entregarse su comando sino al joven cordobés distinguido por la prudencia en el juicio, el equilibrio en la dirección y la bravura, demostrada en las jornadas de Salta y Tucumán...? Ascendido a teniente coronel de Caballería de Línea, fue enviado a Santa Fe a reprimir el alzamiento anárquico contra el Directorio. En el combate de La Herradura, en Córdoba, secundó a Juan Bautista Bustos y a Gregorio Aráoz de Lamadrid, su jefe inmediato, en la salvaguardia del orden gubernamental, que iba a facilitar la creación del Ejército de los Andes, ya victorioso en Chile. He aquí dos nombres que se repetirán en su derrotero. Lo significativo del encuentro en el que son rechazadas las tropas rebeldes de Estanislao López -otro «nombre del destino»-, consistió en permitir al militar conocedor de la estrategia clásica, enfrentar por vez primera la táctica de audacia y desborde de las montoneras.

A continuación se inició la lucha armada entre unitarios y federales, el terrible divorcio que abrió en la República una brecha implacable. «El trueno no rugía aún sobre nuestras cabezas-escribirá en su autobiografía-, pero se sentía ese ruido sordo que suele preceder a las grandes tempestades.


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