Juana Manuela Gorriti

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15-10-2019 46 Visitas

Juana Manuela Gorriti nació en Horcones (Salta), el 15 de junio de 1818. Literata y educadora. Colaboró en periódicos y revistas, y escribió obras de importancia en la literatura argentina. Fue la primera novelista de nuestro país. Falleció en Buenos Aires, el 6 de noviembre de 1892.

Juana Manuela Gorriti.
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Nació en Horcones (provincia de Salta), probablemente el 15 de junio de 1818. No habiéndose hallado la partida de nacimiento, el historiador Carlos Gregorio Romero Sosa, por una carta de la familia conocida recientemente, pudo afirmar que nació el 15 de julio de 1816. Eran sus padres el general de la Independencia don José Ignacio Gorriti, que fue dos veces gobernador de la provincia de Salta, después de luchar dos veces al lado de Güemes, y doña Feliciana Zuviría y Castellanos. Juana Manuela vivió su infancia en el trópico salteño hasta que inició en 1822 sus estudios en el hogar de su tía Isabel de Gorriti y Cueto, qué en Horcones hizo veces de su segunda madre.

Dos años después ingresó a un beaterío en el que permaneció recluida, recibiendo diariamente lecciones de su tío camal. Una enfermedad le forzó a abandonar el claustro, siguiendo los estudios en su hogar con algunos maestros particulares. La enemistad de Facundo Quiroga arrojó al exilio en 1831 a su padre, el general, y a su tío, el benemérito sacerdote doctor Juan Ignacio Gorriti, declarados «reos de la patria» por el feroz caudillo, que también mandó confiscar sus bienes. Establecidos en Tarija y Sucre, Juana Manuela vivió consagrada al cuidado de su padre, cuya salud se había resentido seriamente como consecuencia de los disgustos del destierro.

En Sucre conoció al militar boliviano Manuel Isidoro Belzú, el personaje que había de impregnar de amargura la crónica de su vida, dotándola al mismo tiempo de grandeza y sentido dramático. Juana Manuela tenía quince años cuando se vio convertida en esposa de un hombre al que amaba apasionadamente sin que jamás pudiera decir que era plenamente correspondida. Belzú amaba sobré todas las cosas al poder. Ella tuvo que buscar consuelo en las letras mientras el inquieto militar tramaba revueltas y conspiraciones. Un buen día levantó en armas un batallón y se presentó en palacio dispuesto a exigir la renuncia del presidente Ballivián. La suerte no le acompañó. Algo falló y el batallón no le sirvió de nada. Destituido y procesado tuvo que marchar al destierro al Perú, paisaje que más adelante iba a ser el foco de los más entrañables recuerdos de su solitaria compañera.

Pero el fracaso no le desanimó. Algún tiempo después Belzú volvió a sus afanes y consiguió formar un ejército, a cuyo frente entró en La Paz provocando la caída violenta del gobierno. Provisionalmente, al menos, sus ambiciones estaban satisfechas. Era ya presidente de la República, lo que ansiaba ser. Pero su tierna compañera no estaba entonces a su lado ya.

Herida por la separación voluntaria se había ido a Lima, donde sin aceptar ninguna ayuda de Belzú vivió acompañada por sus dos hijas. Las tribulaciones despertaron en ella la vocación literaria, y hacia 1845 apareció su novela La Quena, de compleja y peculiar trama, que la consagró como escritora en el Perú.


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